lunes, 26 de septiembre de 2016

Vida virtual



Hace apenas una semana, mi santa esposa tuvo la desgracia de “perder” su móvil; lo entrecomillo porque, a fecha de hoy, no sabemos si lo extravió o si “se lo extravió” algún amigo de lo ajeno. Cosas de este mundo con prisas, donde perderías la cabeza de no tenerla sujeta a los hombros.
En definitiva, hubo un día en que no lo encontraba y, mientras lo buscábamos afanosamente por casa, acabó “resucitando” de aquella manera, en manos de otra persona con ganas de dar por el saco.

La parte técnica se resolvió bastante rápido: llamada a la compañía, bloqueo de móvil, de tarjeta y de todo lo bloqueable. Lo bueno es que, sin comerlo ni beberlo, iba a cambiar de terminal (que ya le hacía falta). No hay nada en el occidente capitalista que el dinero no pueda arreglar. Serà per diners, decimos por aquí…



Un incidente que no tendría más relevancia si no fuera por una serie de hechos, inexplicables para mí, que ocurrieron entre el “no veo el móvil” o “¡joder, alguien tiene mi móvil!” y que me dan mucho que pensar acerca de esta sociedad aséptica, distante e impersonal que estamos creando.

Como os decía, el “amigo de lo ajeno” debía ser aficionado a dar problemas, puesto que se dedicó a enviar mensajes soeces e incluso alguna fotografía comprometida (del delincuente, afortunadamente), a grupos o personas que había en la agenda de Sara. Gracias, precisamente, a un mensaje bobo que me envió, detecté el asunto y pude atajarlo a tiempo.

Imaginaos: amigos, padres y madres del cole viendo en sus celulares mensajes idiotas que daban como referencia “Sara”. ¿Qué pensaron? A esta mujer le ha dado un vahído, supongo. Se le ha ido la pinza. O, quizá, simplemente que le habían cogido el móvil los críos y estaban haciendo trastadas tecnológicas, que para eso la nueva generación de mini-youtubers se vale sola. Sea como fuere, supongo que os hacéis una idea.

El problema viene, a mi entender, en la reacción. Nadie llamó a Sara, ni a mí, para preguntar qué nos pasaba en la cabeza. Tuvieron que transcurrir dos días hasta que alguien se dignó, en la puerta del colegio, a decirle joder, Sara, cómo te has pasado, aunque mi bendita mujer (o yo) llevamos a nuestros hijos a la escuela a diario. Había sido bloqueada de grupos, expulsada, defenestrada virtualmente... pero nadie había tenido la deferencia de encararse con ella y preguntarle a la persona que hay detrás del icono si había tenido un mal día, un incidente… o un robo, como al final fue.

La anécdota me recordó poderosamente a aquellos primeros tiempos de Internet, donde en foros, listas de correos y similares nos poníamos a caldo sin necesidad de preguntarnos qué clase de persona había al otro lado de la pantalla; al fin y al cabo, la mayoría eran completos desconocidos y no te importaba que siguieran siéndolo. Sin embargo, en este caso la persona “infractora” era pública y conocida, accesible, fácil de abordar… pero nadie lo hizo. Se prefirió la infamia a la razón, dar pábulo a quimeras frente a contrastar una información extraña.

Así que, cuando descubro personas capaces de tragarse noticias sacadas de El Mundo Today y darlas por buenas, me pregunto qué pensarían los filósofos clásicos cuando los hijos de la información y la tecnología prefieren el rumor y la mentira a perder cinco minutos de sus vidas para comprobar qué hay de cierto en cualquier situación que se da en su vida.

 José Vilaseca

viernes, 19 de febrero de 2016

El peligro de las críticas literarias de ida y vuelta

Después de muchos años metido en "esto de escribir", disfrutas de muchos detalles que, al principio, te eran desconocidos: ferias, presentaciones, mesas redondas y, claro está, la posibilidad de conocer a otros escritores que, como tú, tratan de sacar cabeza lo mejor que pueden en un mercado, por otro lado, muy competitivo y saturado de oferta.

Como comento, destacar en la jungla de las letras no es sencillo: a la dificultad propia de hacer visible tu obra (especialmente en el caso de autoediciones o editoriales pequeñas), se une la propia condición humana, preñada de envidias y rencores. Detalles tan sencillos como responder al correo de un autor animándolo a revisar el estilo de su obra (como recientemente le ocurrió a mi editora y amiga Sicilia Nuño), pueden acabar en una respuesta biliosa y llena de rencor por parte de un escritor que piensa que es la polla con cebolla y para el que cualquier crítica será, simplemente, una demostración de nuestra profunda ignorancia.

Los escritores también somos soñadores, artistas y artesanos y, como tal, tenemos la (mala) costumbre de sentirnos especialmente pagados al ver nuestro nombre, encantados de habernos conocido. Por si fuera poco, muchos escritores tenemos amigos escritores y caemos en el error que advertía el Señor Lobo en Pulp Fiction (y perdón por los términos): No empecemos a chuparnos las pollas todavía. En resumen, que tomamos un blog, escogemos la novela de un colega juntaletras y hacemos una crítica que, en realidad, es una alabanza infinita del otro, con la esperanza de que nos devuelva el clavel (como ya comenté en la entrada anterior sobre Carne muerta de David Mateo). Cuantos más amigos, más blogs, más apariciones en Google y, por tanto, más oportunidades de tomarle el pelo a alguien que, por desconocimiento, se fíe de la cantidad de críticas en lugar de la calidad y objetividad de las mismas.


Esto, en casos muy concretos (pienso en Amazon, por ejemplo), llega a ser de chiste: novelas sin corregir, mal maquetadas, con errores gravísimos y un contenido más que discutible, acumulan estrellas de cinco en cinco sin razón ni sentido... salvo cuando analizas de dónde procede el voto y ves, entre divertido e indignado, que se trata de un piropo devuelto por otro autor que, a su vez, ha recibido una buena valoración a su bazofia por parte del primero y, así, hasta la náusea.

No sé si es que esa época de las críticas a cuchillo pasó a mejor vida, y no sé, repito, si alegrarme. Lo que de ninguna manera esperaba es que libros que no merecen ser calificados como tales, son fácilmente localizables en las redes sociales y los buscadores de internet sin una sola mala crítica (y las buenas pertenecen a una "red de colegueo" entre autores que deja bastante que desear).

Y, al final, eso acaba siendo contraproducente en lugar de estimulante porque, la primera vez que alguien nos meta un gol por la escuadra con un libro malo como pegarle a un padre, pero con muchísimas buenas críticas "semianónimas", huiremos de cualquier autor desconocido, por bueno que pudiera ser, y nos refugiaremos en la "maldita basura comercial" que, en el peor de los casos, siempre nos permite iniciar una conversación de ligue en una cafetería o cualquier otro rincón pequeñoburgués :)

¿Hay forma de evitar esto? Sí, haciendo críticas sensatas. ¿Sirve para algo? Pues, como hablaba con David Mateo en su momento, sólo para encabronar a la gente (empezando por uno mismo), señalarte como un malvado ogro al que se debe evitar (para vivir, así, en ese falso mundo buenista donde todo es maravilloso) y quizá recibir una mala contestación de esa gran cantidad de autores que no saben encajar una mala crítica (o, peor, una crítica que no sea una lamida de bota en toda regla...)

Al final, solo queda escribir y publicar, esperando que alguien te lea: si le gusta tu novela, fantástico. Si no, mejor suerte a la próxima. Y, mientras tanto, poder conocer a autores magníficos y sonreírles, a autores normalitos y sonreírles, y a autores mediocres e insoportables y sonreírles porque, no nos engañemos, a nadie le interesa la verdad: solo una amplia sonrisa y un discreto (y cobarde) silencio cuando te pregunten qué te parece su novela.


lunes, 18 de enero de 2016

Recorriendo la TIERRA MUDA

Primera reseña de 2016; quizá, cuando comencé este blog, mi entrada en el nuevo año hubiera tenido forma de recopilación de la siempre movida Noche de Reyes en nuestra desaparecida tienda El Corazón del León, de amarga queja por pedidos que no llegaron o algo por el estilo. Ahora, me limito a cantar las bondades de mis aventuras literarias, lo que me convierte en un ególatra simpático en lugar de un ogro comeniños que solo sabe echar pestes de unos clientes caprichosos y poco agradecidos; dentro de lo malo, como comprenderéis, me quedo con lo primero.

Y lo que toca en 2016 es promocionar lo que se ha escrito y publicado en 2015 que, en mi caso, tiene forma de dos libros. Dos mejor que uno, ¿no?; así, "Historia de Valencia en pildoritas" (mi hijo de abril) y "Tierra muda" (mi hijo de diciembre), están preparados para seguir siendo producto de consumo y, espero, disfrute del lector.

De este último, vamos a tener un invierno bastante "cumplidito": en una nueva visita al plató de Revista de sociedad (ahora, en la sintonía de Levante TV), junto con mi buen Donís Salvador (cantante, presentador y Su Alteza por méritos propios), tendremos oportunidad de hablar del presente y el futuro de este humilde juntaletras y orientar a mis lectores a que asalten las librerías. A fecha de hoy, se han unido a la causa librerías tan conocidas en Valencia como Soriano y toda la familia de París Valencia (lo que supone, como dicen los americanos, jugar en las ligas mayores), o tan cercanas como La papelería de Galindo o Papelería Compás (lo que supone, como decimos aquí, ser profeta en tu tierra), y me doy con un canto en los dientes la mar de feliz. Si a alguien le apetece, la entrevista se emitirá el sábado 16 y el domingo 17 dentro del programa Revista de Sociedad y en diferido en su canal de Youtube: Revista de Sociedad

 
Así se veía, en la tele, mi (pen)último libro...

Como hemos hecho un montón de amigüitos en Castellón y Vila-real (y más teniendo en cuenta que la editoria, EDISI, es de esta última población), pues presentaremos el libro en tierras de la Plana. Y lo haremos en muy buena compañía: Rosario Raro, escritora para Planeta y autora del gran éxito Volver a Canfranc nos apadrinará en su curso de escritura creativa dentro de la Universitat Jaime I. También la Asociación de Apoyo al Superdotado y Talentoso - ACAST, nos abrirá las puertas de la Jaume I para una nueva presentación y, finalmente, nos tomaremos una "a vuestra salud" en el pub L'Antic, en Vila-real, lugar talismán de la editorial EDISI, y como el bueno de Francisco Umbral, hablaremos de mi libro.

 Gente guapa... y yo (de izquierda a derecha: 
Sicilia Nuño, Emilio Navarro, Rosario Raro y el que suscribe)

Sin embargo, como tuve la oportunidad de confirmar hace apenas dos días, el pistoletazo de salida tendrá lugar en un lugar muy cercano a mí; tan cercano, que está a un tiro de piedra de la antigua herbolaria de mi abuelo, de la juguetería donde me ayudaron a ser niño, de mi primera falla... Con amigos, con familia y con vecinos, tendremos un café-tertulia (sí, y venderemos libros), en la cafetería Tots, calle Justo Vilar, 25.

Aquí nos vemos el próximo jueves...

Más allá del saldo económico (que supone un lento pero continuo goteo, lo que siempre es de agradecer), el saldo de sensaciones está siendo muy positivo: cuando la respuesta ante la pregunta ¿te está gustando Tierra muda? viene a ser una mezcla entre me lo acabé en tres días y se me hizo de madrugada, porque no podía dejar de leer, uno no puede sino sentir orgullo. De momento, que es lo más importante, nadie me ha dicho que lo usa para calzar una mesa ni que es una lástima que no lo lleve encima para poder tirármelo a la cabeza; en los tiempos que corren, es de agradecer.

Pues, lo dicho: seguimos para bingo. No sé si tendré la suerte (o la desgracia) de que alguien se atreva o anime a diseccionarlo en su blog personal, pero de momento la cosa funciona. Que dure es lo importante...

José Vilaseca



miércoles, 30 de diciembre de 2015

THE GREEN INFERNO o "cómo esperar dos años para ver un mojón"

Actualmente, hay un término inglés muy popular referido a películas o series de próximo estreno llamado hype. La traducción más ajustada es expectativa, aunque se trata de una expectativa ansiosa, a veces injustificada, alimentada por trailers, teasers y avances del más diverso pelaje. Pues bien, servidor llevada dos malditos años preso de un hype tremendo por la última barrabasada del director Eli Roth (Cabin fever, Hostel), que se titula The green inferno... y que anoche tuve la oportunidad de padecer.

He leído muchas críticas de la cinta antes de atreverme a hacer la mía, básicamente porque soy de los que tiene el culo pelado de ver terror y casquerío, y no entendí bien si se trataba de una broma, un mal chiste o que me sentó mal el cafelito post-cena, porque a estas alturas todavía estoy pensando si pude ahorrarme la experiencia o es que no supe entender lo que el director pretendía transmitirme.

Como muchos de mis lectores son personas normales (no como yo, vaya), supongo que necesitarán que les explique que The green inferno es un homenaje de esas películas ochenteras de explotación del género caníbal (Holocausta caníbal, Caníbal ferox...), que vinieron principalmente de coproducciones italo-americanas y que mezclaban tripas sueltas y tetas al aire. Su mayor artífice, Ruggero Deodato, fue el primero que "inventó" una historia falsa sobre metraje encontrado (el ahora tan popular found footage), donde se aseguraba que los actores realmente habían perecido en la expedición amazónica, devorados por indígenas (Interviú cayó en el engaño, publicando un artículo titulado Comidos en su propia trampa; reproducimos tan solo la portada, con la Duval, pues las fotografías interiores son particularmente impactantes)

 A lo que vamos, la idea de que un director que me había impactado con la muy sórdida Hostel recuperara una temática como aquella me resultaba fascinante: si era capaz de reproducir ese ambiente malsano y opresivo de aquella, podía regalarnos una joyita del terror. Y el anuncio de que iba a ser duramente calificada, profetizaba maldad y casquerío a tope de power.

Desde ese momento, dos años de espera: Se estrenó en el circuito de certámenes (Sitges fue uno de ellos) y, después, el silencio. Ni siquiera estaba disponible en ya saben ustedes qué videoclub gratuito, lo que daba a entender que era basta hasta decir basta (perdón por el juego de palabras), lo que para el aficionado suponía colocarla a la altura de otras no estrenadas en España como Serbian film, Martyrs o A L'interieur. Que es decir mucho.

Ya entonces fui buscando comentarios que, para mi temor, le daban un aprobado justito. Y no es que fuera uno o dos críticos sibaritas, es que todo Cristo coincidía en ese aburrido meh que les provocaba.

Y, anoche, la vi... Y aquí empiezan los spoilers.



En primer lugar, tres cuartos de hora de nada, con universitarios americanos idealistas diciendo que van a salvar la selva amazónica resultan, cuanto menos, insoportables. Ya sé que Roth suele ser particularmente moroso cuando narra sus historias (le pasó en Aftershock y, un poco menos, en Hostel), pero esta vez clama al cielo. Llega un momento en que deseas que el reparto palme entre terribles sufrimientos, más que nada por lo cansinos que llegan a ser; mención aparte merece Daryl Sabara, el niño de Spy Kids, con la misma cara que entonces y del que esperas que, en cualquier momento, saque su reloj-espía y huya gracias a algún gadget de la marca Machete.

La tribu indígena es poco menos que increíble: llegué a escuchar alguna expresión en castellano mientras los gringos eran capturados. Pudiendo aprovechar perfectamente la imaginería precolombina, con toda suerte de sacrificios humanos registrados, se nos regala una única escena grosera (bastante lograda, no lo voy a negar), y un momento de negro al horno cocido en su propio mono amarillo. Para rematar con una dura escena de suicidio femenino, toda vez la joven en cuestión descubre cuál va a ser su destino

Y, a partir de ese momento, todo sobra: la absurda escena de la masturbación, la aún más absurda escena de comprobemos cuál de todas estas scream-girls no ha catado varón (lo que, supongo, venía a sustituir a las escenas subidas de tono de Holocausto caníbal), el momento incalificable de intoxiquemos a la tribu con marihuana (¿?), media docena de rubios empalados (muchísimo menos impactantes que el original al que pretenden homenajear), un ataque con hormigas caníbales hechas con CGI que cantan mucho y mal (como se dice por aquí: És precís?), la redención de la niña de la tribu (me pasé una hora de película pensando que era niño, mire usté), y la confesión final de la única superviviente, que da un supuesto giro sorprendente a la historia, y que trata de justificar que no maten a los indígenas, pobrecitos ellos, que casi me apetece catar muslito de colega al ast mientras cantamos cumbayá...

A ver, sé que dentro del género de terror, la temática caníbal no es precisamente plato de gusto (con perdón), pero hay demostraciones mucho mejores de lo que un argumento tan marginal puede dar de sí, desde la española Caníbales a la muy controvertida (y de magnífico reparto), Ravenous, pasando por la reciente Somos lo que somos. Es decir, se puede hacer una gran película con un material tan... sensible.



Mi temor es que, tras la gamberra Cabin fever y la desasosegante Hostel, su director Eli Roth ha decidido vivir de su vitola de enfant terrible (como ya hiciera, por ejemplo, Kevin Smith). O, peor aún, que sus ideas son demasiado transgresoras como para exponerlas en el celuloide (como ya le pasara, por ejemplo... a Kevin Smith), y que buena parte de la pimienta y de la mala leche haya quedado en el guión, en la sala de montaje o cortado a tijera por los censores de turno.

Por mi parte, me cuidaré muy mucho de volver a emocionarme con un par de trailers y seguiré buscando algún tesoro perdido dentro de un género que languidece por falta de ideas... y exceso de celo.

José Vilaseca


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Política virtual

Desde que tuve edad (y presupuesto), para comprar mi primer ordenador personal (allá por el lejano 1993), una de mis ocupaciones lúdicas favoritas han sido los simuladores sociales y la gestión de recursos: Civilization, Age of Empires, Patrician, SimCity y, últimamente, Tropico y Banished. Si no les suenan estos nombres, algo comprensible por otra parte, no sufran que se lo resumo fácil: juegos donde uno se pone a los mandos de una ciudad, un país o incluso un gran imperio, y debe atender a todas las necesidades de los ciudadanos, desde los impuestos a la recogida de basuras, pasando por la exploración, la diplomacia... o la guerra.


Aunque alguno de mis detractores señalaría con facilidad mis defectos tiránicos o megalomaníacos a la vista de mis aficiones, en realidad siempre me ha parecido un reto ponerme en el papel del político de turno y comprobar (pues los simuladores así lo permiten, sin riesgo de acabar en la Bastilla), cómo encaja el pueblo las subidas de la carga impositiva, los desastres naturales mal gestionados, la corrupción o, en otro extremo, si saben premiar una buena gestión que les ofrezca felicidad general.

En estos juegos (y me temo que también en la propia vida), se observan dos grandes conclusiones, contradictorias y terribles, que siguen al estadista como su propia sombra: la mayor tiranía puede ser soportable para el pueblo, siempre y cuando se mantenga un buen nivel de alimentos, ocio y baja presión fiscal (el clásico pan y circo), mientras que hasta el Gobierno más democrático y eficaz, genera un número aleatorio e inexplicable de disidencia, malestar social y ríos de bilis (resumido en el piove? Governo ladró!). Vamos, el complejo de "norcoreanos la leche de felices y canadienses cabreados como un mandril".

Leí hace tiempo un estudio donde se enfrentaba políticas reales sobre simuladores; las subidas de impuestos provocan malestar creciente, la vida a crédito genera endeudamiento insoportable y las inversiones faraónicas consiguen crear ghettos y agrandar el hueco entre clases sociales, hasta el punto de que "el juego te echa" y game over... Vamos, como si hubiéramos descubierto la cuadratura del círculo. Al final, la mayoría de los políticos (del ultraliberalismo al comunismo militante), fracasaban en la pantalla del ordenador.

Entiendo que la política es más que un juego... pero que, al final, resulta má sencillo de lo que nos quieren hacer ver. Así que, con su permite, voy a ofrecerles algunas perogrulladas para que entiendan cómo funciona este gran juego de tronos, del cual viviremos un apasionante nuevo capítulo el próximo 20D:

* Someter a una clase media a un IRPF del 18-25% (si no más), o a un pago fijo de autónomo próximo a los 300€ es un suicidio económico. Pero, para un país con una tasa del 20% del PIB en economía sumergida, no sé bien si nos lo merecemos. ¿Somos unos chungos a los que nos gusta defraudar y trabajar en B... o nos obligan a ello?

* No hay Estado en el mundo con corrupción cero: no seamos ilusos. Pero sí debemos hacer un esfuerzo para que la corrupción tienda a cero. ¿Hace más daño un fulano que defrauda cien mil euros o cien mil fulanos defraudando solo uno? Pues eso, mientras cada cual piense en cómo no declarar nuestra riqueza (o nuestra pobreza), excusándonos en el vecino... mal camino llevamos.

* A veces, en broma, afirmo que las personas nos solemos conformar con tres comidas al día, un par de euros sueltos en el bolsillo, y que nos la chupen de vez en cuando (con perdón). Nuestros políticos tienden a olvidar esta fórmula tan sencilla: Alimento, ocio y relaciones sociales. La gestión no debe plantearse miras altísimas (¿aeropuertos sin aviones?), cuando la gente de a pie no puede pagarse ni un mísero bonobús para ir a trabajar.

* Los políticos también son personas (pobrecitos), no seres de luz. No nos hace falta un Aló, presidente ni uno de esos discursos modelo Fidel cuando aún era comandante, pero queda feo ver a quien nos gobierna a través de un plasma (me recordó, por cierto, al presidente virtual de V de Vendetta). No nos tomen por idiotas: cuéntennos las cosas dando la cara y sin aburrir a las ovejas.


¿Les parece complejo, amigos y lectores? Porque, después de cuarenta años de una interminable Transición, nuestros jefes siguen abocados (y abocándonos, que es peor), al game over más lamentable. Y aquí no vale, como en los recreativos de los ochenta, echar cinco duros y continuar la partida...

José Vilaseca

jueves, 19 de noviembre de 2015

Os vendo otra moto

Nuevo libro. Ale, así, de sopetón, sin vaselina ni nada. Un bombardeo de bondad estilo Vilaseca a través de las redes sociales, para tratar de congregar a amigos y vecinos el próximo 13 de diciembre, domingo, a partir de las 12:00 el Museo de la Semana Santa Marinera Salvador Caurón, echar unas risas, tomarnos un vino y venderos una novela a precio ajustado.

Y ahora, ¿qué? ¿repetimos lo mismo en este blog, que siempre ha sido personal y macarra? ¿o le damos la vuelta a la tortilla y rescatamos ese tono guerrillero con el que empecé a dar caña virtual allá por 2008? Pues, mira, vamos a tratar de jugar con dos barajas, a pelo y a pluma, y dar tanto la de cal como la de arena, a ver cómo sale.

Las flores se resumen sencillas: Tierra muda es mi cuarto hijo literario y, como todos mis hijos (especialmente los dos reales que coronan este humilde blog), son perfectos. Al menos, para mí. No engaño a nadie y trato de ofrecer una buena historia de intriga apocalíptica, sazonada con momentos de terror y pinceladas de crítica social, con letra clara y legible, y cuatrocientas páginas. Si no es de vuestro agrado, lo sentiré mucho; aceptaré cada crítica que reciba, porque de eso también vive el escritor. Pero tened por seguro que si os fuera a vender humo o, peor aún, mierda, me dedicaría a otra cosa.



Dicho lo cual, vamos a por la parte malvada y caótica del artículo, que es la que os mola, adorables cabritos que me soportáis (guiño, guiño). Echando la vista atrás, es el cuarto libro que publico desde 2009 y el segundo sólo este año (sumado al relato que aparece en la antología Sexnamorados); más aún, desde 2006 llevo escritos nueve libros (ocho de ellos, novelas), además de media docena inconclusos... y me da mucho que pensar.

De entonces hasta ahora, he aparcado muchas ocupaciones que me suponían demasiado tiempo y disgustos. Basta con echar un vistazo a las primeras entradas de este mismo blog para saber a qué me refiero. También se han quedado por el camino, personas que antes etiquetaba como amigos y ahora he pasado a definir como dice la canción de Gotye: alguien a quien conocí (las fotos del bautizo de mi hijo mayor o de mi boda son buena muestra de ello); en Facebook podéis encontrar decenas de frases motivadoras respecto a los amigos que dejan de serlo, así que no creo que haya mucho más que añadir.


Portada de Alguien a quien conocí

Cualquiera puede pensar, sumando dos y dos, que he tratado de llenar el hueco dejado por mi tienda cerrada, el Warhammer, los juegos de mesa, los amigos traidores, los arribistas y las locas del coño en general, a base de ecribir libro tras libro... cuando, en realidad, es al revés. Me explico: Como bien apuntó una vez mi buen David Mateo (lo cito mucho últimamente; espero que no penséis que jugaos a los gladiadores cuando nadie nos ve...), todo el tiempo que un escritor no dedica a escribir, es tiempo perdido. Cometí el error de llenar ese tiempo para escribir con aficiones absurdas (gratísimas, sí... pero absurdas), personas infames (yo y mi ojo clínico...) o, aún peor, filosofía barata en forma de blogs, foros, listas de correo, torneos, eventos y chupipandis varias, enfrascado en un esfuerzo ímprobo (y estéril), para separar los buenos de los malos. Razoné, discutí, me engorilé y, al final, comprobé lo que ya sabía: La cantidad de gilipollas integrales que hay en el mundo no descenderá por mucho que me empeñe... y lo peor que puede ocurrir es que yo mismo me convierta en uno de ellos (y, por momentos, así fue).

Cuando escribes, no hay buenos y malos: hay lectores y no lectores. A los lectores debes ofrecerles lo mejor de ti, y a los no lectores darles motivos de peso para que te lean. Punto. Estás por encima del bien y el mal y, os lo aseguro, es una postura comodísima. Puedes ahorrarte juicios de valor, o aprovechar tu ficción para deslizarlos sin que (casi) nadie se ofenda.

Sé que todo esto es mucho más difícil de decir que de hacer; más de una vez y más de dos, suelto alguna perla en las redes sociales, que provoca que algún lector potencial me catalogue de friki, gafapasta, facha, perroflauta, ateo, beato, machista, feminazi, blavero, pancatalanista, bujarrón o pichabrava... y deje de leerme. Pero ya no es como antes, por suerte, cuando cada vez que empezaba un texto con Apreciados amigos... a mi santa madre le acababan pitando los oídos.

¿Es esto una disculpa, una rendición? En realidad, es un reconocimiento: Una demostración de que aquella verdad mía no le interesaba a casi nadie, por mucha razón que tuviera. Porque, desgraciadamente, contar con pruebas sobradas de un hecho no impide que la gente mire hacia otro lado... y pilles un cabreo cojonudo. Y llega un punto en que piensas ¿qué carajo hago aquí, predicando en el desierto, cuando en casa se está de puta madre, con batín y pantuflas, tomando un cafelito y aporreando el Word como si no hubiera un mañana?

Así que, el próximo 13 de diciembre, os espero para venderos mi moto. Da igual que me ames o que me hayas odiado a muerte. Sinceramente, me la solpa. No te miraré con rencor, no te señalaré como el mono malvado de padre de familia ni desentarraré el hacha de guerra. Porque tengo más que claro que, a estas alturas de la película, aquí he venido a hablar de mi libro, como Umbral. Que en paz descanse.

viernes, 6 de noviembre de 2015

"Carne muerta" - Análisis del libro

No suelo publicar, en este blog ni en ninguna otra parte, reseñas sobre libros. Al contrario de lo que pueda parecer, leo con avidez desde mi más tierna infancia y guardo gratos recuerdos de cada una de mis lecturas, incluso aquellas (pocas) que me han dejado un regusto amargo.

Sin embargo, como comentaba con el autor (y amigo), del libro que hoy me atrevo a analizar, criticar una obra ajena es todo un ejercicio de funambulismo; más, si cabe, si su perpetrador es alguien conocido o, peor aún, cercano.

Si me decantase por una oda a la amistad, sin ver ningún defecto en el producto (qué feo suena eso de producto cuando hablamos de un libro), cualquiera pensará que he caído en la tentación del peloteo más injustificado, del socorrido amoroso beso en la boca y el siempre cobarde no vamos a hacernos daño, ¿verdad?, con la esperanza de recibir el mismo jabón cuando al autor al que he cubierto de flores le toque ponerme a mí a parir; si, por el contrario, me venzo hacia el cruel destripamiento, cuchillo entre dientes, se me acusará de envidia malsana, de rencor eterno y volveremos a los viejos (y no tan buenos) tiempos del vil Vilaseca, cuando para medio mundillo lúdico local era culpable de la pertinaz sequía, de la tasa de paro y de haber matado a Manolete. Como poco.

La ventaja de haber abrazado los cuarenta es que todo esto me chupa un pie, y me puedo permitir un lujo de hacer lo que mi conciencia me dicte. Y lo que ahora me dicta, queridos lectores, es hablaros de la novela Carne muerta de mi buen amigo David Mateo.

La versión de Carme muerta que llegó a mis manos es la edición de Dolmen exprés en formato bolsillo, publicado (si no me falla la memoria), en verano de 2015. Un resumen somero de su argumento podría ser que, tras una pandemia mortal provocada por una mano negra desconocida, todos los hombres del planeta palman de forma fulminante y particularmente funesta, dejando tan solo a las mujeres, desconcertadas y fuera de sí, para reconquistar un planeta que se cae a pedazos. Y, por si fuera poco, apenas unos días después, los varones no se conforman con quedarse muerto, y reaparecen convertidos en bestezuelas hambrientas y deseosas de morderle las prietas nalgas a las pobres supervivientes.

Bromas aparte y con toda sinceridad, el género zombi siempre ha sido de mi agrado, especialmente en el cine y en alguno de esos tebeos de los ochenta, tipo SOS o Dossier negro, que me aterrorizaban de crío con la terrible propuesta de que los muertos se alzaran de sus tumban y se jalasen con patatas al prójimo más próximo.

A este gusto, se suma una propuesta curiosa en Carne muerta, adelantada por la serie de cómics Y, el último hombre (y cuya inspiración admite David en los agradecimientos), que la parte superviviente queda en manos de las mujeres y el papel de zombi lo protagoniza el género masculino.


Para un autor varón, descubrir un nuevo amanecer de Eva supone un reto, que David supera con nota. Aunque he leído críticas salvajes, que lo acusan de perfilar a su sección femenina con trazo grueso y regodearse en temas psicológicos o eróticos desde el prisma masculino, creo que esas peleas de gatas que, en algunas escenas, acabamos leyendo, no son sino el reflejo de la competición y el rencor que muchas mujeres demuestras en su trabajo, sus estudios o, incluso, su familia, sin necesidad de caníbales cerca.

En lo que respecta a los muertos revividos, responden a un patrón similar a los infectados de Soy Leyenda (versión cinematrográfica más reciente), o el video juego Dying Light: inactivos y agazapados en su cubil por el día, rápidos cazadores caníbales al caer ,el sol. Se aleja, pues, del arquetipo del zombi lento, pero implacable, que George A. Romero grabó a fuego en el subconsciente colectivo.

¿Qué falta en el guiso? Para mi gusto, y sin ánimo de ser morboso, un matiz fálico en los asaltos (algo ya sugerido en los reavers desatados que aparecen en Serenity) o los cruzados maníacos de Crossed; ese rumor ultrareligioso de algunas de las supervivientes tendría más sentido su los involucionados fueran sátiros homicidas en lugar de máquinas de picar carne. Quizá remarcaría el fin de esa sociedad falocéntrica, que incluso en el postmorten se resistiría a dar sus últimos coletazos (con perdón). ¿Qué sobra? Pues, quizá, las descripciones de determinadas escenas, que alargan la siempre agradecida acción (especialmente en los momentos de mayor introspección).

¿Con qué me quedo? Básicamente, y a diferencia del citado cómic Y, el último hombre, donde el protagonista central y eje argumental era el varón superviviente, aquí son las mujeres quien toman realmente el mando. Una perspectiva fresca y agradecida en un género (el terror zombi), donde las féminas se habían limitado a ser víctima chillona, esposa abnegada, loca suicida o inexplicable marimacho. Así, descubrimos nuevos tipos de perfil que nos descolocan y permiten jugar con una sorpresa que, esperemos, se desvelerá en la segunda parte de este díptico.

José Vilaseca