miércoles, 9 de diciembre de 2015

Política virtual

Desde que tuve edad (y presupuesto), para comprar mi primer ordenador personal (allá por el lejano 1993), una de mis ocupaciones lúdicas favoritas han sido los simuladores sociales y la gestión de recursos: Civilization, Age of Empires, Patrician, SimCity y, últimamente, Tropico y Banished. Si no les suenan estos nombres, algo comprensible por otra parte, no sufran que se lo resumo fácil: juegos donde uno se pone a los mandos de una ciudad, un país o incluso un gran imperio, y debe atender a todas las necesidades de los ciudadanos, desde los impuestos a la recogida de basuras, pasando por la exploración, la diplomacia... o la guerra.


Aunque alguno de mis detractores señalaría con facilidad mis defectos tiránicos o megalomaníacos a la vista de mis aficiones, en realidad siempre me ha parecido un reto ponerme en el papel del político de turno y comprobar (pues los simuladores así lo permiten, sin riesgo de acabar en la Bastilla), cómo encaja el pueblo las subidas de la carga impositiva, los desastres naturales mal gestionados, la corrupción o, en otro extremo, si saben premiar una buena gestión que les ofrezca felicidad general.

En estos juegos (y me temo que también en la propia vida), se observan dos grandes conclusiones, contradictorias y terribles, que siguen al estadista como su propia sombra: la mayor tiranía puede ser soportable para el pueblo, siempre y cuando se mantenga un buen nivel de alimentos, ocio y baja presión fiscal (el clásico pan y circo), mientras que hasta el Gobierno más democrático y eficaz, genera un número aleatorio e inexplicable de disidencia, malestar social y ríos de bilis (resumido en el piove? Governo ladró!). Vamos, el complejo de "norcoreanos la leche de felices y canadienses cabreados como un mandril".

Leí hace tiempo un estudio donde se enfrentaba políticas reales sobre simuladores; las subidas de impuestos provocan malestar creciente, la vida a crédito genera endeudamiento insoportable y las inversiones faraónicas consiguen crear ghettos y agrandar el hueco entre clases sociales, hasta el punto de que "el juego te echa" y game over... Vamos, como si hubiéramos descubierto la cuadratura del círculo. Al final, la mayoría de los políticos (del ultraliberalismo al comunismo militante), fracasaban en la pantalla del ordenador.

Entiendo que la política es más que un juego... pero que, al final, resulta má sencillo de lo que nos quieren hacer ver. Así que, con su permite, voy a ofrecerles algunas perogrulladas para que entiendan cómo funciona este gran juego de tronos, del cual viviremos un apasionante nuevo capítulo el próximo 20D:

* Someter a una clase media a un IRPF del 18-25% (si no más), o a un pago fijo de autónomo próximo a los 300€ es un suicidio económico. Pero, para un país con una tasa del 20% del PIB en economía sumergida, no sé bien si nos lo merecemos. ¿Somos unos chungos a los que nos gusta defraudar y trabajar en B... o nos obligan a ello?

* No hay Estado en el mundo con corrupción cero: no seamos ilusos. Pero sí debemos hacer un esfuerzo para que la corrupción tienda a cero. ¿Hace más daño un fulano que defrauda cien mil euros o cien mil fulanos defraudando solo uno? Pues eso, mientras cada cual piense en cómo no declarar nuestra riqueza (o nuestra pobreza), excusándonos en el vecino... mal camino llevamos.

* A veces, en broma, afirmo que las personas nos solemos conformar con tres comidas al día, un par de euros sueltos en el bolsillo, y que nos la chupen de vez en cuando (con perdón). Nuestros políticos tienden a olvidar esta fórmula tan sencilla: Alimento, ocio y relaciones sociales. La gestión no debe plantearse miras altísimas (¿aeropuertos sin aviones?), cuando la gente de a pie no puede pagarse ni un mísero bonobús para ir a trabajar.

* Los políticos también son personas (pobrecitos), no seres de luz. No nos hace falta un Aló, presidente ni uno de esos discursos modelo Fidel cuando aún era comandante, pero queda feo ver a quien nos gobierna a través de un plasma (me recordó, por cierto, al presidente virtual de V de Vendetta). No nos tomen por idiotas: cuéntennos las cosas dando la cara y sin aburrir a las ovejas.


¿Les parece complejo, amigos y lectores? Porque, después de cuarenta años de una interminable Transición, nuestros jefes siguen abocados (y abocándonos, que es peor), al game over más lamentable. Y aquí no vale, como en los recreativos de los ochenta, echar cinco duros y continuar la partida...

José Vilaseca