viernes, 6 de noviembre de 2015

"Carne muerta" - Análisis del libro

No suelo publicar, en este blog ni en ninguna otra parte, reseñas sobre libros. Al contrario de lo que pueda parecer, leo con avidez desde mi más tierna infancia y guardo gratos recuerdos de cada una de mis lecturas, incluso aquellas (pocas) que me han dejado un regusto amargo.

Sin embargo, como comentaba con el autor (y amigo), del libro que hoy me atrevo a analizar, criticar una obra ajena es todo un ejercicio de funambulismo; más, si cabe, si su perpetrador es alguien conocido o, peor aún, cercano.

Si me decantase por una oda a la amistad, sin ver ningún defecto en el producto (qué feo suena eso de producto cuando hablamos de un libro), cualquiera pensará que he caído en la tentación del peloteo más injustificado, del socorrido amoroso beso en la boca y el siempre cobarde no vamos a hacernos daño, ¿verdad?, con la esperanza de recibir el mismo jabón cuando al autor al que he cubierto de flores le toque ponerme a mí a parir; si, por el contrario, me venzo hacia el cruel destripamiento, cuchillo entre dientes, se me acusará de envidia malsana, de rencor eterno y volveremos a los viejos (y no tan buenos) tiempos del vil Vilaseca, cuando para medio mundillo lúdico local era culpable de la pertinaz sequía, de la tasa de paro y de haber matado a Manolete. Como poco.

La ventaja de haber abrazado los cuarenta es que todo esto me chupa un pie, y me puedo permitir un lujo de hacer lo que mi conciencia me dicte. Y lo que ahora me dicta, queridos lectores, es hablaros de la novela Carne muerta de mi buen amigo David Mateo.

La versión de Carme muerta que llegó a mis manos es la edición de Dolmen exprés en formato bolsillo, publicado (si no me falla la memoria), en verano de 2015. Un resumen somero de su argumento podría ser que, tras una pandemia mortal provocada por una mano negra desconocida, todos los hombres del planeta palman de forma fulminante y particularmente funesta, dejando tan solo a las mujeres, desconcertadas y fuera de sí, para reconquistar un planeta que se cae a pedazos. Y, por si fuera poco, apenas unos días después, los varones no se conforman con quedarse muerto, y reaparecen convertidos en bestezuelas hambrientas y deseosas de morderle las prietas nalgas a las pobres supervivientes.

Bromas aparte y con toda sinceridad, el género zombi siempre ha sido de mi agrado, especialmente en el cine y en alguno de esos tebeos de los ochenta, tipo SOS o Dossier negro, que me aterrorizaban de crío con la terrible propuesta de que los muertos se alzaran de sus tumban y se jalasen con patatas al prójimo más próximo.

A este gusto, se suma una propuesta curiosa en Carne muerta, adelantada por la serie de cómics Y, el último hombre (y cuya inspiración admite David en los agradecimientos), que la parte superviviente queda en manos de las mujeres y el papel de zombi lo protagoniza el género masculino.


Para un autor varón, descubrir un nuevo amanecer de Eva supone un reto, que David supera con nota. Aunque he leído críticas salvajes, que lo acusan de perfilar a su sección femenina con trazo grueso y regodearse en temas psicológicos o eróticos desde el prisma masculino, creo que esas peleas de gatas que, en algunas escenas, acabamos leyendo, no son sino el reflejo de la competición y el rencor que muchas mujeres demuestras en su trabajo, sus estudios o, incluso, su familia, sin necesidad de caníbales cerca.

En lo que respecta a los muertos revividos, responden a un patrón similar a los infectados de Soy Leyenda (versión cinematrográfica más reciente), o el video juego Dying Light: inactivos y agazapados en su cubil por el día, rápidos cazadores caníbales al caer ,el sol. Se aleja, pues, del arquetipo del zombi lento, pero implacable, que George A. Romero grabó a fuego en el subconsciente colectivo.

¿Qué falta en el guiso? Para mi gusto, y sin ánimo de ser morboso, un matiz fálico en los asaltos (algo ya sugerido en los reavers desatados que aparecen en Serenity) o los cruzados maníacos de Crossed; ese rumor ultrareligioso de algunas de las supervivientes tendría más sentido su los involucionados fueran sátiros homicidas en lugar de máquinas de picar carne. Quizá remarcaría el fin de esa sociedad falocéntrica, que incluso en el postmorten se resistiría a dar sus últimos coletazos (con perdón). ¿Qué sobra? Pues, quizá, las descripciones de determinadas escenas, que alargan la siempre agradecida acción (especialmente en los momentos de mayor introspección).

¿Con qué me quedo? Básicamente, y a diferencia del citado cómic Y, el último hombre, donde el protagonista central y eje argumental era el varón superviviente, aquí son las mujeres quien toman realmente el mando. Una perspectiva fresca y agradecida en un género (el terror zombi), donde las féminas se habían limitado a ser víctima chillona, esposa abnegada, loca suicida o inexplicable marimacho. Así, descubrimos nuevos tipos de perfil que nos descolocan y permiten jugar con una sorpresa que, esperemos, se desvelerá en la segunda parte de este díptico.

José Vilaseca