lunes, 16 de marzo de 2015

Las armas en la Semana Santa Marinera (IV) - Longinos

Siempre es un placer regresar a este espacio, donde observamos desde un punto de vista de la historia bélica aquellas guardias de nuestros tronos-anda, las antiguas corporaciones armadas y, en general, todos los soldados de distinta época que forman parte de nuestra querida Semana Santa Marinera.

En esta ocasión, la labor se complica ya que, de nuevo, presentamos a un tipo de soldado romano como ya hicimos en su momento con los pretorianos, y siempre queda la duda de la repetición. Afortunadamente, el gran imperio romano tuvo tal cantidad de matices en los guerreros que formaron parte de su tropa a lo largo de los siglos, que podemos estar seguros de contar con información nueva para este texto.

Hoy, hablaremos de Longino y de los Longinos, pues el primero fue el personaje histórico que inspiró a los segundos, cofradía cabañalera que llena de color y de historia las calles de nuestros barrios desde 1925.

La historia de Longinus, el soldado romano a quien la tradición señala como aquel que atravesó el costado de Nuestro Señor con una lanza, es compleja y rica en detalles. 

 
En su boca se ponen las proféticas palabras de Marcos, 15 (En verdad, este es el Hijo de Dios), o se llega aventurar que, siendo prácticamente ciego, la sangre y la pleura que surgió de la herida abierta entre las costillas del Salvador lo sanó, obrando un milagro.
 
Finalmente, entra en el santoral cristiano como San Longino de Cesarea, celebrándose el 16 de octubre, aunque no hay constancia de su martirio. Aunque en Juan, 19, aparece reflejada la presencia de un soldado lanceando a Jesucristo para comprobar que había expirado (a diferencia de los dos ladrones, Dimas y Gestas, a quienes se rompe las piernas para precipitar la muerte), sólo en textos apócrifos y muy posteriores se menciona a Longino.

Pero Longino era uno entre muchos. Podemos asegurar que perteneció a la X Legión Fretensis que estuvo desplegada durante décadas en Siria y Judea, participando en la Primera Guerra Judeo – Romana (hemos de recordad que Pilatos fue cesado de su puesto por aplastar de forma particularmente sangrienta una revuelta de los samaritanos); los soldados romanos que vivieron aquellos tiempos turbulentos no fueron precisamente bien recibidos por unos judíos que llevaban siglos defendiéndose de ataques, asedios y conquistas, y no llevaban precisamente bien el hecho de ser “pueblo sometido”.
 
 
 
Respecto a lo que nos compete, el armamento de Longinus y de la tropa asentada en Judea, hemos de suponer que, como todos los legionarios romanos (tal y como comentamos en el artículo sobre los pretorianos), de aquella época, portaría lórica (armadura), una toga de color claro (pues el tinte era raro y considerablemente caro para el soldado), y las armas habituales. Quizá lo más curioso es que en prácticamente todas las representaciones aparece con una capa, cuyos extremos cuelgan sobre los hombros o los brazos, por lo que la capa corta que portan nuestros propios longinos sería una forma adecuada de ajustarse, si no ya a la historia, sí a la representación del santo.
 

 
 
Quizá el único error destacable que podemos observar en nuestros longinos respecto del soldado romano asentado en Judea sea, precisamente, la lanza. 
 
 
 
Mientras que nuestra corporación de longinos porta una clásica alabarda medieval (un arma de asta larga, rematada por una cabeza de hacha y el extremo de una lanza), que no se vio en Europa hasta bien entrado el siglo XIII, la lanza del Longino era considerablemente distinta y tiene su propia leyenda: Del mismo modo que hay distintos cálices que pueden señalarse como aquellos que acompañaron a Cristo y a los apóstoles en la última cena, el arma de Longinus (llamada lanza sagrada o lanza del destino), también aparece repetida como reliquia, tanto en el propio Vaticano como en Viena (Austria).
 
 
 
Se trataría, pues, del hasta romana, una lanza de empuje, a diferencia del clásico pilum pesado, o la veruta, más ligera, que eran lanzas arrojadizas. A pesar de que los soldados que utilizaban de forma habitual la lanza, los hastati, fueron transformándose progresivamente en legionarios armados con lanzas arrojadizas y espadas (gladius), el hasta nunca se abandonó por completo, y en las guardias ciudadanas, donde armas tan contundentes como el pilum resultaban inefectivas, se empleaba de forma habitual la lanza.
 
 
Como siempre, agradeciendo el tiempo que habéis dedicado a leer mi escrito, y a la espera de compartir uno nuevo con todos vosotros, me despido compartiendo un pedacito de historia semanasantera, en esta ventana que es el blog de EOS.
 
JOSÉ VILASECA HARO

Las armas en la Semana Santa Marinera (III) - Sayones

Después de haber hablado, en los anteriores artículos, de pretorianos romanos y de granaderos napoleónicos, vamos a escoger en esta ocasión una figura conocida en nuestra Fiesta y con cierta controversia histórica como son los sayones.

Para el público general, el sayón semanasantero es un soldado de corte medieval, un cruzado de los Santos Lugares, protector del Santo Sepulcro y custodio del Cáliz de la Última Cena de Nuestro Señor. Lo hemos visto con saya y jubón de cuero (como los desaparecidos Sayones de Los Ángeles).
 

o con cotamalla metalizada y el emblema de la cruz en el pecho, como los Sayones de San Rafael – Cristo Redentor.
 

Una persona que desconociera la historia medieval, podría sentir sorpresa ante dos formas tan distintas de representar a un mismo tipo de soldado. Lo cierto es que, realmente, tanto la Primera como la Segunda Cruzada (especialmente la Primera), fueron una llamada a las armas respondida por nobles y plebeyos de toda Europa desde el Reino de Aragón hasta Bizancio y que la imagen de uniformidad de las órdenes religiosas apenas se estableció desde entonces, y no antes. En algún caso, escuderos y vasallos de un señor feudal podían portar la librea de este, pero no era lo más común.

El guerrero de la Primera Cruzada todavía tenía un aspecto de caballero normando, con el escudo alargado y en forma de lágrima, con una cota de malla anillada o laminada, generalmente equipado con una lanza para mantener al enemigo a raya, y una espada para el combate cuerpo a cuerpo. 
 
 
 El siervo o el campesino que buscaba fortuna en Tierra Santa, solía equiparse de forma mucho más austera, con algún tipo de corpiño de cuero y con un hacha o espada de baja calidad (muchos de ellos formaron parte de la llamada Cruzada de los Pobres de Pedro el Ermitaño, a partir de 1094, derrotados en Nicea y masacrados por los turcos).
 
 
Pero volvamos a nuestros sayones y, sobre todo, a sus armas. Tanto en el caso de la Corporación de Sayones como en las anteriores Hermandades y Cofradías que han representado a estos soldados, el arma por excelencia es la espada medieval. Se trata de un arma cruciforme, de uno o dos filos, con una empuñadora que permitía poder esgrimirla a una o a dos manos, que evolucionaría hacia la espada larga o espada bastarda, ya a partir del siglo XIV, y cuyo origen se encuentra en las espadas normandas.
 
 
Se trataba de una espada pesada, que ofrecía una buena esgrima, y que servía para atravesar la mayoría de las ligeras armaduras sarracenas al tajo, y para quebrar huesos como arma contundente.
 
 
Cierto que en algunas procesiones hemos visto portar modelos muy semejantes a la tradicional Tizona del Cid, con los gavilanes o guardamanos en forma de hojas muy ornamentadas. 
 

Este hecho se da por tratarse de una de las espadas más fáciles de conseguir en el mercado, relativamente económica, pero quizá se aleja de la estética puramente cruzada, siendo esta Tizona de la imagen, tan popular, un arma ceremonial y no de combate.


Así, como única pega histórica a su armamento podríamos echar a faltar un escudo, que bien podría ser de lágrima (Primera Cruzada) o de heraldo (Segunda Cruzada y posteriores), pero como hemos apuntado antes, la heterogenia de las tropas cristianas en Tierra Santa nos permite renunciar a él (y, en el primer caso, resultaría casi imposible desfilar con él)
 
  

De nuevo, gracias por vuestra atención y un muy cordial saludo, con el deseo que disfrutéis de estas próximas fiestas semanasanteras. 
 
JOSÉ VILASECA HARO

Las armas en la Semana Santa Marinera (II) - Granaderos

Días atrás, en nuestro apartado Las armas de la Semana Santa, hablamos de una imagen perfectamente identificable y muy particular dentro de nuestra Semana Santa Marinera, como es el Pretoriano. Hoy, daremos un gran salto temporal hacia delante, de casi dos milenios, y describiremos algunos de los detalles de las armas del caballero napoleónico por excelencia, como es el Granadero.
 
 
Para el visitante que descubre por primera vez nuestra Semana Santa, saltan a la vista esos personajes bíblicos que nos caracterizan, así como las guardias armadas romanas, bizantinas, cruzadas y, claro está, la fila apretada y elegante del granadero, en su traje de gala, con el sable al hombro o al costado y el gorro característico.
 
Muchos preguntan de dónde proviene esa figura, casi anacrónica, dentro de la celebración de la Muerte y la Resurrección del Señor, y debemos hacer un viaje de dos siglos, ubicarnos en aquella Valencia de comienzos dl siglo XIX, conquistada por Suchet, y en la que la guardia granadera francesa, tratando de congraciarse con el pueblo, releva al arma de Artillería de su custodia de la Dolorosa y que, posteriormente, debiendo abandonar por mar y a toda prisa buena parte de las conquistas de la costa levantina, abandonan armas, equipo y vestimenta, que son recuperados por los valencianos (pero también por los murcianos, cuya Semana Santa cartagenera, por ejemplo, luce también Hermandad de Granaderos).
 
El soldado napoleónico de la unidad de granaderos es descrito, tanto en los antiguos libros de Junta Mayor como en los legados históricos o la moderna Wikipedia como un soldado de elevada estatura equipado con sable, mosquete, hacha o pico (pues también estaban preparados para cavar trincheras y actuar como zapadores), y, evidentemente, un zurrón con granadas arrojadizas.
 

La apreciación acerca la estatura del granadero, que tantos jocosos comentarios ha supuesto a lo largo de los años entre los semanasanteros, no es baladí. Las granadas napoleónicas (como aparece en la imagen) eran considerablemente distintas a las actuales granadas de mano: Estaban hechas de cristal y no de metal, y el hecho de que fueran utilizadas por un soldado alto le permitían un más amplio y mejor arco de tiro, lo que le ayudaba a llegar mucho más lejos en su lanzamiento.
 

En nuestro granadero, el arma más característica, a la vista de todos, es el sable, ligeramente curvado. Este tipo de sable es muy habitual en los oficiales y la caballería a partir del siglo XVII, convirtiéndose en arma reglamentaria también en la infantería, desde los temidos casacas rojas ingleses a buena parte de los ejércitos europeos en las Guerra Napoleónicas. 
 

A diferencia de la espada o el estoque, el sable es un arma de un solo filo, ligera y de corte, en cierta forma evolucionada de las espadas de caballería o de la cimitarra sarracena, cuyo objetivo es realizar un corte amplio y profundo, y no quedar clavada (como el estoque), ni incrustada (como las espadas de doble puño, la espada normanda o similares).

 
No es habitual ver mosquetes, hachas o picos en nuestra Semana Santa, pero sí aparecen en recreaciones históricas de los granaderos, como este infante de línea durante la recreación del sitio de Zaragoza:
 

así como en la Semana Santa de otras ciudades donde también sufrieron la ocupación francesa... librándose de ella del mismo modo que los valencianos, 
 

como los Granaderos Marrajos en Cartagena (Murcia):

 

Antes de acabar comentar que el mosquete, como buena parte de las armas de fuego de aquella época, se cargaba por el cañón (avancarga), de ánima lisa (y no rayada), por lo que su precisión era muy discutible. La mayoría de los ejércitos que empleaban el mosquete, avanzaban en una línea apretada (parecida a la forma de desfilar de nuestros propios granaderos), y se colocaban en una o dos filas de disparo (de pie o rodilla en tierra), para tratar de alcanzar al enemigo.


De nuevo, espero que el artículo de hoy en mi columna en EOS, haya sido de vuestro agrado. Un muy cordial saludo.  
 
JOSÉ VILASECA HARO

Las armas en la Semana Santa Marinera (I) - Pretorianos

Nota introductoria: Esta colección de artículos fue publicada en el blog de EOS (Encuentro y Opinión Semanasantera - eoselblog.blogspot.com.es), a quienes agradezco la oportunidad que me ofrecieron de compartir estas líneas. Para muchos de mis lectores habituales, la Semana Santa Marinera de Valencia, a la cual pertenece esta colección de breves ensayos, será una gran desconocida, por lo que espero que compartirlos aquí sea de vuestro agrado)

Quizá para el visitante ocasional, las armas que portan muchas de las Hermandades, Cofradías y Corporaciones Armadas de nuestra Semana Santa Marinera simplemente formen parte de la indumentaria de cada una de ellas. Para mí, como coleccionista (a pequeña escala), y apasionado de la Historia bélica, signifiquen algo más que un complemento, y sean precisamente parte de esa Historia, religiosa y laica, que camina pareja al devenir de nuestra Fiesta.

Por eso, me gustaría compartir con vosotros en EOS algunos detalles particulares de esas armas. Hoy, comenzaremos con las armas de los soldados romanos que custodiaban al Emperador, es decir, los Pretorianos.
 
 
José Vilaseca Piza, aguerrido pretoriano y padre del abajo firmante

Bien es sabido que la Legión Romana fue una de las fuerzas de combate más efectivas de la Antigüedad. Y que, dentro de ella, la Guardia Pretoriana estaba formada por la élite entre los legionarios, por aquellos particularmente diestos; sus privilegios eran diversos y, entre otros, suponían salario doble.

Creada por César Augusto (aunque su nombre proviene de la época de Escipión Emiliano, debido a que acampaban cerca del Pretorio), poco antes del nacimiento de Nuestro Señor, todavía se discute acerca del color de sus vestimentas. Aunque nuestros Pretorianos lucen una túnica y una capa de brillante color rojo:

y en las películas de Hollywood los hemos visto vestir el negro (como en "Gladiator" de Ridley Scott): 
 
 
 
en realidad lo más probable es que, como la mayoría de los legionarios, emplearan una túnica BLANCA y que las capas rojas o púrpura estuvieran reservadas para los mandos (por cierto, las túnicas se blanqueaban con orina).
Pero volvamos a las armas. La espada que portaban los Pretorianos, como toda la Legión, era el gladius o gladio. Se trataba de una espada corta con una afiladísima punta, que procedía de las armas celtíberas que empleaban los hispanos a las órdenes de Aníbal (por eso, esta espada también es conocida como gladius hispaniensis).

 

Se trataba de un arma magnífica y tremendamente efectiva que necesitaba de muy poca esgrima. El soldado la solía llevar en combate a la altura del costado, paralela al suelo, y solo debía lanzarla hacia delante para apuñalar a su enemigo en la femoral, en los testículos, en el estómago, bajo el plexo solar... Sin artificios, sin florituras. Directo y efectivo, mucho más ligera que la espada larga de los germanos.

Esta forma de combatir, evolucionada de la falange griega, se debe a la protección que proporcionaba el escudo o scutum. En el caso de nuestros Pretorianos, el escudo que portan habitualmente es más pequeño y evoca a la guardia de honor a caballo (que no podía portar el enorme escudo de la infantería a pie), como podemos ver en las imágenes.


 
En el caso de la Legión, los pretorianos a pie empleaban un escudo grande y curvado, que cubría buena parte del torso y las piernas del soldado, y que, en las filas apretadas, formaba una suerte de "coraza común" para las primeras filas, dejando el espacio justo y necesario, escudo contra escudo, para que pudieran lanzar estocadas con el gladius.

Espero que este bocadito de historia "semanasantera", haya sido de vuestro agrado.

Un abrazo

JOSÉ VILASECA HARO

lunes, 2 de marzo de 2015

Y mientras otros hablan del sexo de los ángeles...

Lo sé, lo sé. Prometo flagelarme, apretarme duro el cilicio, penitenciagite como en El Nombre de la Rosa o someterme a una sesión intensiva de visionado de Gran Hermano VIP. Lo que ustedes quieran, sé que no tengo perdón de Dios. Desde noviembre no visitaba este blog y no precisamente por falta de ganas, sino de tiempo, que no es excusa pero, al menos, sirve para justificar que cuatro meses de ausencia no son por desidia, sino por trabajo.

Trabajo pagado y agradecido, tengo que admitir. Que, para un juntaletras como el que suscribe, tiene bastante mérito. Y, así, mientras otros fulanos (y fulanas) que creen dedicarse a esto nos venden sus motos particulares (que si la crisis de la página en blanco, que si me invento una editorial, que si me invento una novela y la ofrezco por entregas, como Stephen King, porque sé que no me compra ni el Tato...), yo sigo a lo mío.

Y lo mío es un no parar, amigos y vecinos. No quería convertir esta entrada de blog en una oda a la autocomplacencia, pero como tengo la seguridad de que, si no escribo nada, alguno creerá que he muerto (ya me mataron una vez...), o me he rendido, y no estoy dispuesto a darle ese gustazo a nadie. Si son de los míos, sepan que cada vez que han brindado por mí, he hecho lo propio con ustedes; si son de los masoquistas que pasan por aquí de vez en cuando a ver si me he pisado la minga con la tapa del piano, sepan que hoy toca tragar un poquito de bilis. Qué le vamos a hacer...


Lo más cercano que tenemos en el horizonte es la presentación de mi libro Historia de Valencia en pildoritas, ilustrado por dos artistas como son Ana Muñoz Arastell y mi hermana Mari Vilaseca Haro. Se trata de una pequeña joyita que resumen en forma de breves relatos todas aquellas anécdotas, leyendas y curiosidades de Valencia que han destacado por su originalidad a lo largo de dos milenios de Historia. El 10 de abril en el Museo de la Semana Santa Marinera, subimos otro escalón; a ver hasta dónde nos lleva,

En febrero, las alegrías fueron dobles: No solo tuve la oportunidad de firmar mis libros en la V Fireta del Llibre en el barrio de Campanar (y esta vez no llovió), sino que entre estos estuvo Sexnamorados, y conjunto de relatos eróticos y románticos, de la mano de editorial Edisi en el que fui tercer finalista y, gracias a ello, recibí como premio una escapada romántica.


De esta jornada festiva en el barrio de Campanar, destacar la oportunidad de compartir un rato magnífico con María Rubio, joven escritora de Villarreal, y buena parte de la mañana del domingo con mi joven padawan y escritor más que consagrado, Carlos Reyes. Ambos se merecen todo lo mejor.

Pero, claro, hasta ahora hablamos de premios gordos... pero la pedrea también ha sido generosa; he seguido compartiendo artículos en el blog de Encuentro y Opinión Semanasantera (incluyendo un muy interesante y polémico ensayo sobre imágenes y representaciones curiosas de Cristo... incluyendo desnudos, flagelados en carne viva, mutilados, obesos...), así como en el diario digital elperiodic.com, donde mi columna ha pasado a ser más o menos mensual (precisamente por lo que comentaba arriba: falta pura y dura de tiempo). Y apenas anteayer me enteré que uno de mis artículos sobre las mujeres en la Semana Santa Marinera, aparecía en el Libro de la Junta Mayor, lo que siempre es una satisfacción.

Y la vida sigue, señores. Hace casi siete años que empecé este blog, con mi tienda aún abierta y más sinsabores que éxitos: Mi apuesta comercial no se entendió (la mía y la de muchos... en siete años, han cerrado tiendas frikis hasta decir basta, y las que se mantienen abiertas siguen soportando el mal de la Taberna de Laurana: Ver cómo te partes los cuernos por ofrecer algo nuevo, bonito y barato... y que tus clientes potenciales te pongan a caer de un burro y compren clones a China...), mis propuestas lúdicas recibieron más palos que flores (a pesar del largo recorrido que tuvo, por ejemplo, el Warhammer Histórico en castellano), y empezaba a ver claro como el agua que escribir para quien me quisiera leer tenía más futuro que hacerlo para quien me odiaba a muerte.

De entonces a ahora, hemos dejado mucha paja en el camino: Anónimos amenazantes, clientes que nunca crecían, plagiadores, gente de toda clase que pensaba que el mundo orbitaba sobre su ombligo... y el mundo, como decía la canción, sigue girando. Para algunos más rápido que para otros, cierto. 

No se mareen, que aquí estaré siempre para darles una buena biodramina.
José Vilaseca




sábado, 21 de febrero de 2015

El precio de la inutilidad

Una de las mayores ventajas de ese instrumento clave de nuestra modernidad llamado “Internet” es, probablemente, la inmediatez: Aún sin buscarlo, uno recibe una ingente cantidad de información de forma automática, bien a través de su correo electrónico, de los buscadores especializados o de las redes sociales.

Estas últimas se pusieron “on fire” (que es la forma moderna de decir aquello de “paso, que voy ardiendo”, como el impagable sketch de la acería gay de “Los Simpson”), hace cosa de dos semanas, porque se filtró (y bien me gustaría saber quién fue el “garganta profunda” que lo hizo…), el sueldo, dentro de la casita con cámaras de “Gran Hermano VIP”, de Belén Esteban y Francisco Rivera.

Si usted ha pasado los últimos 20 años en coma (que, en este caso, casi sería una bendición), o vive en ese paraíso en la Tierra llamado Corea del Norte (nótese la nada sutil ironía), y desconoce quiénes son estos respetables ciudadanos, les resumiré que la primera se hizo famosa por un sonado divorcio con el torero Jesulín de Ubrique, incluyendo una hija a la que no le gustaba el pollo, mientras que el segundo se crió muy cerca de los escenarios, saliendo a cantar con su madre, Isabel Pantoja (viuda de otro torero, Francisco Rivera “Paquirri”), y quizá traumatizado por tan temprana experiencia, decidió vengarse destrozando “samples” y composiciones de otros como pinchadiscos.

Quizá por esta imagen casi cómica de estos dos habituales de los platós televisivos, muchos se preguntan qué tienen de especial para cobrar varias decenas de miles de euros a la semana, mientras millones no tiene siquiera para comer y otros, con carreras más “respetables”, se embolsan una mínima parte por trabajos más arriesgados o de mayor empaque social.

Los grandes medios de comunicación, que pueden programar idioteces pero que, en sí mismos, no son idiotas en absoluto, tienden a equivocarse poco con sus mercenarios: Si pagan barbaridades a la princesa del pueblo o al joven disc-jockey, es porque tienen la seguridad de poder recuperar su inversión con creces. Porque sus caras venden, porque sus miserias son vistas por millones de espectadores y cualquier publicidad relacionada con ellos acaba convirtiéndose en éxito viral.

Entre ustedes y yo, no nos engañemos, aunque todo el mundo asegura que ve los reportajes de “La 2” cuando llega la hora de la siesta, ese 30% de “share” de Gran Hermano VIP (cuatro millones de personas cara a la caja tonta, que se dice pronto), no es un invento de un programador chiflado, sino simples datos objetivos.

Y, por mucho que aseguremos que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, difícilmente seríamos capaces de soportar, a fecha de hoy, programas de gran contundencia cultural como “La Clave” o “Estudio Uno”, ni siquiera incluso algunos de los viejos programas infantiles como “Barrio Sésamo” o “La cometa blanca”, por mucho que nos enfurruñemos cuando se invade el sacrosanto “horario infantil”… que hace años dejó de tener programación realmente infantil.

Así que, cuando algún chavalote le diga que de mayor quiere patear una pelota de fútbol luciendo un peinado ridículo y un tatuaje oriental que diga “pollo con almendras”, o que una mocita le asegure que la ilusión de su vida sentarse en un trono para que una pléyade de vigoréxicos le griten lo puta (con perdón) que es, o bien que cualquiera de ambos considere que su mayor aspiración política es a acabar de concejala en los Yébenes (y que, como a Stella Reynolds, un señor le acabe chupando un pezón en público), pregúntese por qué en el momento adecuado colocó al futuro cabroncete frente a Paquirrines y poligoneras en lugar de frente a Pocoyó o la Rana Gustavo. O, mejor aún, por qué no apagó la tele y le dio un libro.

Nota: Este artículo fue publicado el 21 de febrero de 2015 en el diario ElPeriodic.com

viernes, 16 de enero de 2015

Charlie o no Charlie... he aquí la cuestión

Aviso para navegantes: El siguiente artículo hablará de temas relacionados con “Charlie Hebdo”. Sí, ya sé que alguno de Vds. puede estar más que harto de leer, ver y escuchar detalles de una revista francesa de la que la mayoría no teníamos puñetera idea de su existencia hasta hace apenas una semana, pero como verdes las han segado y mi originalidad no daba para más, vamos a ello, con su permiso.

Dicho esto, sepan que cada uno de los que me lean, advertidos de lo que va el artículo de hoy, cuentan con mi simpatía (sí, como el androide de “Alien”). También he leído, visto y escuchado multitud de opiniones sobre lo ocurrido en la redacción de la revista satírica parisina, desde la repulsa inicial generalizada hasta los “pero” más ocurrentes, venidos tanto de la progresía más librepensante a la rama democristiana más conservadora.

Al igual que todos los demás, me he formado una opinión: Como persona anónima, como “juntaletras”, como seguidor de una religión y, Dios (o Alá) no lo quiera, como daño colateral de un “comando libertador de conciencias” al que se le escape un balazo de Kalashnikov y me pille por ahí cerca. Ahora, la compartiré como ustedes, con la esperanza de que, al acabar, me sigan queriendo como ese cachorrillo mojado que se encuentran en una cuneta, leyendo mis artículos y comprando mis libros. Incluso me conformaré con que me ignoren, “mireusté”. Intenten no matarme por decir lo que pienso, ¿de acuerdo?

Cuando alguien hace un chiste o una gracia, incluso en el caso del humor negro más extremo, se busca un elemento absurdo en algo que no tiene porqué ser cómico. A veces, el verdadero chiste es entender que la situación presentada no es “socialmente” graciosa: Una coña sobre un tumor puede incomodarnos, pero si resulta que se trata de ese viejo chascarrillo del “testículo mucho más grande que el otro”, seguro que nos arrancará una sonrisa. Supongo que entienden por dónde van los tiros (con perdón… ¿ven? ¡si es que los chistes salen solos!).

Quizá, la única línea roja que no debería cruzarse, es la de la difamación, la injuria o la calumnia. Se trata de un ataque personal hacia alguien que “es”, de carne y hueso, con nombre y apellidos… y no una simple creencia. Para mí, la blasfemia no entra en la categoría de lo prohibible ni de lo condenable.

Porque, se mire por donde se mire, algo en “lo que creemos” merece un respeto muy relativo. Mis muchos amigos “frikis” que se disfrazan de personajes de “La Guerra de las Galaxias”, difícilmente acribillarán a aquellos que se burlen de su fe en La Fuerza, así que un grupo de tipos encapuchados que masacran a una docena de personas porque “algo en lo que creen” ha sido dibujado con más o menos gracia, debe provocarnos la misma sensación de absurdo y la misma condena firme y unánime. Sin “peros”, sin cortapisas. “Nunca mais” y todo eso que se dice…

Hay que entender una cuestión fundamental, y sé que es muy duro de decir (y más de aceptar): Existe una enorme cantidad de personas que ven “normal” o que justifican que una ley particular, que se basa en las enseñanzas de un señor con turbante, fallecido hace 1400 años y que se casó una niña de 6 años –eso sí, espero a que tuviera 9 para penetrarla-, debe convertirse en ley universal, y aplicarse a sangre y fuego… aunque no creamos en ella, ni la hayamos votado, ni participemos democráticamente en su creación y mejora.

Así, cualquier hijo de perra de la peor condición que pueda conseguir un fusil de asalto y afirme que cree en un plato de spaghetti volador como creador del Cielo y de la Tierra (por cierto, esta religión existe… precisamente como crítica a las religiones organizadas), puede exigir que mi mujer se cubra la cabezao, porque Dios lo manda. O que un médico certifique la virginidad de mi hermana para entrar en la Policía, porque Dios lo manda. O que no pueda meterme entre pecho y espalda un “bocata” de panceta y un copazo de Sangre de Toro, porque Dios lo manda.

Y es que, entre ustedes y yo (y como dicen que afirmó Tierno Galván cuando alguien lo animó a abrazar determinada fe), si ya me cuesta creer en el Dios Único y Verdadero… imagínense lo que me supone creer en otro. O, por qué no decirlo, si apenas le hago caso a un señor con barba y un acento raro que dice ser mi Presidente, supongan el puñetero caso que le voy a hacer a un señor con barba… cuyos adalides ni siquiera admiten un buen chiste.

Nota: Este artículo fue publicado el 16 de enero de 2015 en el diario ElPeriodic.com