viernes, 31 de enero de 2014

El escritor desconocido

Se llama Emilio y está a punto de jubilarse. Vive en Nazaret desde que vino a este mundo. Rostro bondadoso y aspecto jovial, a pesar de que ha sufrido lo peor de la crisis aguardando agónicamente a recibir los derechos que generó durante años de posguerra, de “milagro español”, de transición, de “movida” y un largo etcétera de vivencias que apenas cabrían en este artículo. Y es escritor.

Reside en una casa pequeña, y su aún más diminuto despacho, con las paredes forradas de libros en lugar de papel pintado, recibe luz desde primera hora de la mañana, para que Emilio pueda comenzar a teclear en su ordenador tan pronto como se siente inspirado. No solo es una persona austera por convencimiento, sino también por necesidad, por lo que la luz que gasta su cascada torre informática debe sustraerse de la desnuda bombilla que pende sobre el techo.

No necesita encerrarse en un bunker, como los traductores de Dan Brown con “Inferno”, su última novela superventas, porque su humilde piso, con las estanterías llenas de libros sustituyendo al papel pintado, ofrece el mismo recogimiento. No cae en el histrionismo de Lucía Etxebarría en “Campamento de verano”, porque dudo mucho que se le dé bien dar lástima o sobreactuar. No disfruta de miles de visitas en su blog personal, como Pérez – Reverte, porque su ajustadísimo presupuesto hace tiempo que dejó de permitirle lujos como Internet.

Pero sigue siendo escritor y, en mi caso, habiéndome encadenado voluntariamente a una máquina de escribir a la tierna edad de siete años, y con un par de libros en el mercado, es un valor añadido. Un título que no se cuelga en la pared, una medalla de madera que pesa más que brilla. Mañana quizá hablaremos de los finalistas del premio de fantasía “Minotauro” (entre los que bien desearía encontrarme), o del último recuento de ejemplares vendidos por Belén Esteban (sí, otra vez…), o del último poeta o novelista que nos deja (llevamos un enero tétrico en este sentido), pero dudo que nadie hable de Emilio, así que me van a permitir que lo haga yo en su nombre.

Dudo mucho que la SGAE tenga a bien enviarle ningún cheque por esos derechos de autor que nadie controla como debiera, a pesar de que quizá alguno de ustedes ha leído su “Memorias de un Nazaval”. No me ha sorprendido buscar su nombre en Google y no encontrarlo, a pesar de que fue agraciado con certámenes y concursos literarios, tanto por sus poesías como por sus relatos cortos. Disfrutó de su labor de humilde “juntaletras”, como suelo decir, y ahora aguarda una pensión exigua.

En breve, comenzaré mi segundo taller de Escritura Creativa, y es muy posible que, como en la primera edición, acuda algún adolescente, algún joven escritor. Les hablaré de Emilio, por supuesto. De lo que hizo toda su vida, y de lo que sigue haciendo con gran ilusión a pesar de que ha rebasado esa “línea de meta ficticia” que para muchos son los sesenta y cinco años. De cómo sus ojos brillan cuando me muestra alguno de sus manuscritos, o de cómo se queja de que la letra de muchas ediciones de bolsillo apenas es legible para sus ojos, operados recientemente. Cataratas, creo. Cuando me lo dijo, traté de hacer un chiste, diciéndole que esperaba que nadie le empujara corriente abajo por ellas; rió, por compromiso. No era un buen chiste, lo sé.

A finales de febrero, comenzará a instalarse en la Gran Vía la, para mí, entrañable Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Volveré a acudir, buscando alguno de mis “nole”, como los cromos, esos cómics que faltan en mi colección de Conan, el rarísimo ejemplar de los chicos del castillo de Roca Negra o algún libro interactivo de la época de Altea Junior. Y, por supuesto, buscaré a Emilio; en realidad, buscaré a todos los “Emilios” que vivieron un sueño y que, en algún momento, lo compartieron con nosotros sin más esperanza que alguien los leyera.

Nota: Publicado en ElPeriodic.com el 31/01/2014

lunes, 13 de enero de 2014

Que tengamos salud

Estas Navidades, en mi familia se ha dado un fenómeno curioso que desmonta la teoría de que, a quien no le toca la Lotería, al menos la Divina Providencia, el karma o aquello en lo que ustedes crean, y que equilibra el Universo, proporciona una cantidad razonable de salud que va menguando a medida avanza el nuevo año. En resumen, que desde el día veintiséis, mi hijo pequeño se convirtió en paciente del Hospital Clínico, en un indeseado “paquete vacacional” que duró cuatro días y cinco noches con pensión completa.

Y así, del mismo modo que cuando llegan estas señaladas fechas, se suele quemar el televisor, embozar la lavadora o se empeña en morir cualquier electrodoméstico, en nuestro caso el “estropeado” fue el benjamín de la casa. Supondrán que, dado el tono jocoso hasta el momento, no fue más que un susto del que ya nos hemos recuperado, por fortuna, y mi “pequeño cachorro” está mejor que bien. Pero ese periodo de convalecencia me ha sido muy útil para reflexionar sobre algunos temas hospitalarios que quería compartir con ustedes.

Como ya les digo, fuimos residentes del Clínico que, por suerte o por desgracia, se ha convertido en “mi segunda casa” desde hace casi una década, por motivos muy distintos, y que no vienen al caso. Nunca he tenido queja alguna de este Centro, y eso que han sido testigos de dos nacimientos, un legrado y un fallecimiento entre los de mi sangre. Sus profesionales me han demostrado que, ni siquiera con recortes presupuestarios, dejan de ofrecer un trato humano y una atención de primera calidad. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

En realidad, no quería que mi pequeña aportación de hoy tuviera demasiado que ver con quejas políticas con tijeras de fondo, sino precisamente por cómo tratamos los usuarios ese servicio de calidad que se nos ofrece desde Sanidad. En mi caso, y haciendo guardia nocturna junto a los pies de la cama de mi pequeño, procuré molestar lo mínimo imprescindible, con un buen libro entre las manos... y una novela por terminar en el ordenador portátil. Leí y entendí las normas de comportamiento que nos entregaron tan pronto entramos en la habitación, y me parecieron de sentido común, por lo que desde el principio “di poca faena”, como se suele decir por estas latitudes.

Sin embargo, eso no evitó que viera toda clase de escenas incívicas, protagonizadas por esa misma gente que compara, disgustados, nuestros servicios con los países nórdicos, con Inglaterra, Francia o Estados Unidos... pero que luego no es capaz de comportarse como noruegos, ingleses, franceses o norteamericanos. Familias que se pasan por el Arco del Triunfo la recomendación de “dos personas por paciente” y sólo les falta traerse consigo la tienda de campaña; amorosos padres que no son capaces de dejar a hermanos y primos pequeños en casa, esperando el regreso del “enfermito”, y los llevan para que corran y molesten en los pasillos de Pediatría, como si fuera una guardería pagada por todos. O, lo que me produce una gran tristeza, personas que aprovechan el alta para llevarse consigo toallas o sábanas, con la excusa de “esto también lo pago yo”.

Es gracioso que, al volver a casa, lo primero que viera en la tele fuese el anuncio de Campofrío, donde se nos recordaba que la esencia del español es, entre otras, invitar sin dinero, y cocinar para tres y que coman quince... Supongo que no hubiera estado de más añadir “y robar papel higiénico del hospital público donde te ha tocado pasar las Navidades, y luego quejarte de los recortes”. Bueno, es muy largo y queda poco elegante. Mejor dejamos a Verónica Forqué asegurando que quiere hacerse franco-rusa y, sin ver una mísera devolución de la Lotería, esperar que el 2014 nos dé un huevo de salud... y la yema del otro.

Nota: Publicado el 13 de enero de 2014 en ElPeriodic.com



lunes, 16 de diciembre de 2013

Déjenme que les cuente un chiste

Esta vez no sé si reírme. Sinceramente. Ya vemos que nuestros distintos gobiernos (municipal, autonómico, nacional… mundial, si me apuran), han demostrado sobradamente su capacidad para hacer que nos mondemos, nos partamos el pecho o, hablando en plata, nos descojonemos a gusto: Desde el legendario “la tierra no es de nadie, es del viento” de nuestro más reciente ex presidente, pasando por la impagable imitación de Cantinflas con ese “estamos trabajando en ello” de Aznar, por no hablar de esos “brotes verdes” que tanto jolgorio produjeron en la platea, precisamente en el momento más duro de la crisis, las cabezas privilegiadas que conducen nuestros destinos nos han dejado perlas de sabiduría humorística de todos los calibres.

Pero, ahora, nos quieren robar los chistes. Con premeditación y alevosía, o “al merme” como diría José Mota, jaleados por esa “minoría poco silenciosa” que aboga por el lenguaje políticamente correcto (o, en castellano sencillo, por esa puñetera manía que tenemos de agarrárnosla con papel de fumar), muchos de nuestros líderes quieren censurar los chistes.

La última invención de esa gente que, a ojos de cualquiera, parece tener un huevo de tiempo libre, ha sido señalar como culpable de todos los males del mundo a un libro de chistes titulado “Pequechistes: Un libro de chistes de chicas para chicos”; en esencia, un pequeño compendio de los llamados chistes machistas, donde parece ser que se hace mofa y escarnio de las muchas virtudes femeninas. Los argumentos que se esgrimen para, ojo, prohibir la reedición del ejemplar, son los habituales en este tipo de cruzadas absurdas: Maltrato a la imagen de la mujer, perpetuación de estereotipos machistas y el llamado “heteropatriarcado”, que es un neologismo que me suena igual que cuatro cuchillas arañando una pizarra.

Antes de entrar a valorar nada, me parece cuanto menos curioso que exista un volumen de los “Pequechistes” donde se haga coñas marineras a costa de los hombres, que quedan retratados más o menos con los mismos defectos que el ejemplar “femenino”… y que ningún Instituto, Organización No Gubernamental o Ministerio haya puesto el grito en el cielo en este caso. No sé si porque los chistes sobre hombres son más graciosos que los protagonizados por mujeres, o porque, definitivamente, se nos está “yendo la pinza” y ya no hay suficientes varas de medir para todos los gustos posibles.

Nunca he sido un gran cuentachistes, pero recuerdo muchos. Admito públicamente que me he partido la caja escuchando a Don Pío, en paz descanse, contando en valenciano aquel del borracho que se despierta en mitad de una misa y pide que esa ronda se la apunten a su cuenta, o a Arévalo imitando al gangoso de la serrería o al mariquita universal. Imborrables en la retina quedan las actuaciones de “Martes y Trece” con las empanadillas de Móstoles con Encarna (de noche), o la actuación de ese falso “Cantares” de Lauren Postigo, con el cantaor que aseguraba, con perdón, que era “maricón de España”. O, llegando a épocas más actuales, el ya citado José Mota, con enormes gafas y aspecto apocado, confesando que era Bartolo, el violador de camioneros de la M-30. No digan que ustedes no se rieron con ninguno, pillines.

Porque ahí está el sentido del chiste que, de por sí, suele ser una broma sin sentido: Convertir algo que no tiene por qué ser gracioso (un abusador sexual, un alcohólico, un sacerdote, alguien que sufre un defecto físico, un homosexual…), en algo cómico. Sin maldad ni malicia. Incluso los chistes más extremos de humor negrísimo (y aquí somos particularmente hábiles en esa disciplina), tiene muy dentro la virtud de arrancar una sonrisa (torcida y dolida, no les digo que no), de los momentos y situaciones más crueles. El chiste termina y la vida sigue, y creo no somos peores personas por reírnos de la desgracia inventada.

Personalmente, dudo mucho que por hacer chistes raciales sobre afroamericanos de color oscuro tirando a café con leche, nos convirtamos en racistas. Que por bromear acerca de plumas y pérdidas naturales de aceite, nos transformemos en unos sucios homófobos. O que por intercambiar, hombres y mujeres, coñas acerca de nuestra mutua (falta de) inteligencia, nos ganemos el cartel de machista o de “feminazi”.

Porque, cuando las risas terminan, son las actitudes las que nos definen. Y algunas no tienen nada de gracioso.

Nota: Esta entrada se publicó como artículo en ElPeriodic.com el 16 de diciembre de 2013

miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿La indecencia vale veinte millones?

La pasada semana, varios medios de comunicación se hacían eco de la renovación de Cristiano Ronaldo, jugador de fútbol del Real Madrid (supongo que la aclaración será innecesaria, pero creo que puede haber alguien que necesite alguna pista más). Periodistas y blogueros se echaban las manos a la cabeza debido a las cifras que se manejaban, apuntando a un sueldo anual de veinte millones de euros, limpios de polvo y paja; a algún juntaletras le llegué a leer que era, literalmente, una indecencia, esperando supongo que el muchacho renunciara alegremente a cobrar ese pastizal.

Quizá mi opinión no sea muy objetiva porque, en primer lugar, me gusta el fútbol, y eso ya debería ser una circunstancia atenuante. Y, además, si mi corazón de hincha es granota, alguna vena de mi cuerpo que no sea azul o roja, tiene un puntito merengue, herencia paterna. Intentaré ser lo más objetivo posible, aunque con estos precedentes va a ser complicado.


Imagen extraída de www.mundodiario.com

Cristiano Ronaldo me parece un buen profesional de lo suyo. Y, teniendo en cuenta que lo suyo es tanto marcar goles y dar pases, como vender camisetas y anunciar al Banco Espíritu Santo, pues supongo que el señor que le paga sabrá valorar ambas cuestiones, y llegar a la conclusión de que títulos y gorras de Nike le van a suponer más ingresos que ese gasto fijo de tres mil y pico millones de las añoradas pesetas. Quizá a mucha gente no le caiga demasiado simpático (esos arrebatos de querer ganar hasta al Teto, que es la forma posmoderna de decir mal perder, le restan puntos en los concursos de popularidad), pero su hambre de gol y el hecho de que se meta en el cuerpo 3000 abdominales diarias, me parece bastante meritorio (sobre todo por el hecho de que me veo incapaz de hacer esto último, aún sea a fuerza de voluntad)

A partir de este punto, cualquier cábala acerca de lo que cobra es, o bien un ejercicio de demagogia (sí, ya sabemos que su trabajo es menos necesario que el de un médico), o directamente, de pura envidia. Entiendo que es lo que se llama un trabajador especializado, que puede ganar aquello que otro esté dispuesto a pagarle, y que, si sirve de comparación, ya en la antigua Roma, gladiadores y aurigas eran particularmente cotizados. Además, el dinero que vaya a engrosar su cuenta saldrá de las arcas del Real Madrid (del que no soy socio), de los bolsillos del tito Flo (del que no soy heredero), o, en último término, de Bankia (que, salvo nuevos rescates bancarios, no soy cliente), por lo que no me afecta en absoluto.

Me afecta bastante más saber, eso sí, que mi dinero en forma de impuestos va, directamente, a la cuenta de paniaguados puestos a dedo, en cargos de asesor, de personal de confianza, de delegado sindical, de consejero delegado, de laboral del estilo te coloco porque no puedo abrir una oposición solo para ti, pero dame tiempo, dame... y otra sarta de hijos de la gran puta que dudo mucho que vendan camisetas, gorras, banderines y zapatillas, o marquen goles. Más que nada, porque Cristiano Ronaldo, o Messi, o Ivanschitz, el austríaco del guante en la bota, hay solo uno de cada... pero de las garrapatas arriba mentadas hay decenas de miles...

Y lo peor es que, si al luso le quedan cuatro o cinco años de vida en la élite, a los otros chacales los tenemos que aguantar hasta su jubilación o, en el peor de los casos, antes de eso, si cobran su retiro dorado convenientemente blindado por baja forzosa o similar. En el caso, claro está, que el muchacho del 7 a la espada no se lesione y su carrera quede truncada (cuando, cierto es, a los otros les da igual lesionarse o no, porque piensan chupar del bote el tiempo que haga falta)

Por eso, cuando abuchean al muchacho este del six pack y las piernas musculadas, y cuando lo apuntan con láseres para deslumbrarle, me pregunto cuántos láseres habría que apuntar al resto de mamones que nos están desangrado... y cuántas balas de fusil deberían ir detrás...

José Vilaseca


jueves, 25 de julio de 2013

THE PURGE: Lo que pudo ser y no fue

Vuelvo a mi blog para, como hace tiempo que no hacía, presentaros una de las películas que más ganas tenía de ver y con la que por fin me he hecho. Se trata de The Purge (traducida innecesariamente como La noche de las bestias), que contaba con un trailer magnífico, una publicidad viral prometedora, y que se queda, como reza el titular, en algo que pudo ser y no fue. A partir de aquí, les recuerdo que encontrarán spoilers, así que nadie se queje si destripo parte de la trama.

La idea es más que atractiva: Una sociedad distópica e ideal, donde el crimen y el desempleo prácticamente han desaparecido, gracias a una noche de catársis colectiva, en la que cualquier fechoría está permitida. Esa noche, llamada La Purga, es una oportunidad ideal para deshacerse de vagabundos, criminales y otras lacras sociales, así como para desatar a la bestia primigenia que todos llevamos dentro y dar rienda suelta, al menos una vez al año, a todos nuestros deseos más oscuros.

A partir de ese momento, la película nos ofrece más reflexión que cine: Mientras en la pantalla se repiten los clichés y estereotipos (ese grupo de adolescentes sádicos salidos de Funny Games, el grupo de ciudadanos honrados que deben resistir al invasor, como el propio Ethan Hawke hizo en el remake de Asalto a la comisaría del distrito 13...), en nuestra cabeza surge la pregunta ¿seríamos capaces?

Y si en algo acierta el film es en responder, y hacerlo afirmativamente. Si en algo la película "lo clava" es que las sorpresas no son tales porque es tan evidente lo que piensa hacer cada personaje con posibilidades de cargarse a otro, que solo esperamos el momento en el que ocurra: Desde el joven adulto que se está beneficiando a la hija del protagonista, al que mientras la sobetea imaginamos que va a esperar la oportunidad de su vida de cargarse al padre sobreprotector y tener vía libre para magrear a gusto a su gachí, a los vecinos celosos, esos que todos parecemos tener, y que parecen estar deseando bajarte de tu caballo blanco y arrastrarte a su miserable fango, donde todos compartimos el mismo valle de lágrimas.


Recuerdo cuando mi familia me hablaba de nuestra terrible Guerra Civil, donde apenas había comentario de los combates, y sí muchas referencias al a fulano lo llevaron al paseo porque tenía tierras y se las querían quitar o a mengano le pegaron un tiro en la puerta de su casa, porque el vecino se llevaba muy mal con él. Aquí, la excusa no es una guerra, sino una limpieza social consentida y alentada por el Gobierno, por lo que resulta más terrible lo que seríamos capaces de hacer en realidad, que la pequeña punta del iceberg que nos muestra la película.

Falla, quizá, la presentación primaria de los personajes (el padre de familia más preocupado en el statu quo que en la ética, la madre conformista, la adolescente idiota o el pre-adolescente friki...), y apenas se esboza a los secundarios (si la idea la coge por banda el autor de Serbian Film nos podíamos haber encontrado con una obra maestra del horror...). Porque, si bien se han conseguido buenos remakes de películas del estilo ahora que no me ve nadie... (como Perros de Paja, I spit on your grave, etc...), esta es un quiero y no puedo, con crímenes demasiado limpios (el momento ritual previo al último asesinato es casi de chiste, y hacer que el conjunto pierda la seriedad mantenida hasta entonces), que merecía un par de gotitas de mala leche para mejorar, y mucho, el cojunto final

José Vilaseca

martes, 4 de junio de 2013

Decálogo del buen escritor... que no se lo toma demasiado en serio

Hola a todos de nuevo:

Hace poco, en un foro muy popular que considero casi mi segunda casa (Forocoches), participando en un hilo de escritores, aportaba mi granito de arena con una suerte de decálogo pretendidamente gracioso acerca de nuestra "profesión y afición" de escribientes.

Hoy, lo comparto y amplío para vosotros. Como siempre, dedicado con amor a todos aquellos que viven la escritura como algo propio, bello y valioso, y también con todo el afecto del mundo a un par o tres de hijos de perrilla del más diverso pelaje, cuyo feo careto debería estar junto a la definición de juntaletras.

Tomároslo con humor.

1.- La inspiración debe pillarte trabajando (la frase no es mía, sino del gran Pablo Picasso): Del mismo modo que la mejor manera de activar el músculo es el ejercicio, la mejor manera de activar al literato que hay dentro de nosotros es escribiendo.
2.- Lee todo lo que puedas. Descubre a otros autores como tú, mírate en su espejo, piensa, opina. Tener un libro a distancia es fundamental: En la mesita de noche o en el trono del descomer.
3.- Lleva una libreta contigo siempre (sirve la tablet o el móvil). Una idea puede sorprenderte donde menos te lo esperas, apúntala y regresa a ella cuando tengas tiempo y ánimo.
4.- No trates de ser original, trata de ser tú mismo. Recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol y que, por mucho que trates de rizar el rizo, alguien te dirá que tu obra maestra se parece un huevo y la yema del otro a Perseguida hasta el catre del insigne escritor Fulanito Mengano. Puedes permitirte el lujo de ser tan cutre como para novelizar las partidas de rol con tus amigotes, y llamarlo fantasía épica crepuscular. Aquí todo vale (hasta los mantas...)
5.- Aparte de tu estilo, cuida tu gramática y tu ortografía (en este momento, la mayoría de vosotros empezaréis a buscar faltas de ortografía en las líneas anteriores, i ha mi ke me hinporta...).
6.- El síndrome de la página en blanco no existe, son los padres. No dramatices tu falta de originalidad cuando llegues a ese capítulo que se te atraganta. Apunta simplemente lo que pasa, y salta al siguiente. O ponte a escribir otra cosa. No es obligatorio escribir de carrerilla, puedes tener claro el desenlace, y dudas con el inicio. No dejes un trabajo porque no pueda seguir por donde ibas, la escritura también tiene atajos y carreteras comarcales...
7.- Más vale un lápiz corto que una memoria larga. Toma notas de tus personajes, de sus nombres, de su perfil de personalidad, de sus relaciones. Hay autores que llenan páginas haciendo simplemente esto. Recuerda que no hay nada peor que un personaje mal definido.
8.- Visualiza lo que escribes. Del mismo modo que antes de existir una película hubo un guión, traza tu película en tu cabeza, desde todos los ángulos. Si te gusta ser descriptivo, es el momento de ver qué acompaña la acción. Además, te ayudará a comprobar si lo que dicen tus personajes, lo que ocurre en la trama y sus reacciones son coherentes (incluso en la ficción más retorcida).
9.- Escribe lo que te guste y piensa que no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Cuando quieras ganar dinero y tener contentas a las masas, búscate un buen agente, dale un trozo generoso de tu pastel de beneficios y escribe sobre un niño rico sádico que ponga a cuatro patas a una universitaria para darle azotes en las nalgas, o toma prestada el 95% de la mitología clásica para contar las peripecias de un niño mago con una cicatriz en la frente. Hasta entonces, no tienes que rendir cuentas a nadie; habrá gente que le guste lo que escribas, y otros que lo odien. Es ley de vida.
10.- No hagas caso a decálogos, libros de estilo y cursos de escritura creativa. Hay algunos muy buenos (este probablementen no ), pero en esta vida, hay cuatro cosas que todos deberíamos hacer solos: Nacer, morir, cagar y escribir. Busca tu inspiración y pule tu estilo, pero para ser el negro de un tercero, vale el copia-pega (y si no, que se lo pregunten a Ana Rosa).


José Vilaseca

lunes, 20 de mayo de 2013

Glosando la amistad... perdida

Querido amigo, o compañero, o camarada, o primo lejano por parte de la madre que me parió. Ese que se ha olvidado de mí, que me ha tachado de su lista de preferencias, que ha pasado de usarme como paño de lágrimas, como consejero, como transportista o como mecenas, a tratarme como plato de consolación en el bufet libre que es la vida.

Entiendo que, en ocasiones, soy más raro que un perro verde, pero sabes perfectamente como funciona mi concepto de la amistad: Lo doy todo y pido poco a cambio. Pero, a pesar de que pido poco, el hecho de que me ignores, de que me desprecies, de que me difames o de que seas generoso con desconocidos y tacaño en afecto y detalles conmigo no deja de dolerme. Yo, que te he visto nacer y crecer, que te he visto llorar con razón o sin ella, que siempre he estado disponible para cualquier cosa a un golpe de teléfono o a un mensaje de móvil o Facebook, también espero que te acuerdes de mí no para pedirme favores, para que te busque trabajo, para que me pague una cena... sino, simplemente, para que me des un triste "toque" o una felicitación en Navidad.

Para mí, tus mierdas siempre han sido importantes, pero me he dado cuenta que lo que para mí era importante, tú lo considerabas mierda... y, así, mal vamos. Mientras tú vives tu vida, y esperas que yo la entienda, la respete, y me amolde a tus costumbres, valores y horarios, yo también he tenido la mía.

Tengo dos hijos, a los que, quizá, todavía no has venido a mi casa a conocer, a traerles un simple babero. Me he trasladado de domicilio, pero quizá estás esperando a "que te ofrezca mi casa", como si fuera el regalo a los pies de un tirano; he estado ahí cuando me has necesitado, así que si no sabes dónde vivo, pregunta. He escrito muchos libros, editado dos y uno de ellos con premio literario incluido; yo sí acudí a tus momentos importantes, a tus fiestas, a tus pasacalles, a tus celebraciones... pero no te vi en la presentación de Padre Muerte o en la de Sidi. No hacía falta que compraras ninguno de ellos, pero alcé la vista y no te encontré.

También estoy a punto de terminar una segunda carrera universitaria y, aunque tú has sido de estudiar "mucho" o "muchísimo" en lugares que nadie ubicaba con precisión, y te has dedicado a airear tus discutibles triunfos por el mundo, no veo que te interese que estoy agobiado por la proximidad de mis exámenes. Una visita tuya me vendría bien, me animaría; sacaría el mejor juego de café, compraría unos pasteles y hablaríamos de los viejos tiempos. Quizá tú los hayas olvidado, pero yo no tengo esa suerte. Memoria de tísico, ya sabes...

A lo largo de los últimos años, he estado embarcado en muchos proyectos: Mantuve junto a mi mujer una tienda lúdica seis años, y esperé verte cruzar alguna vez el umbral de la misma para visitarme, algo que nunca ocurrió. Traduje reglamentos de juegos, organicé Torneos de miniaturas y saqué adelante Asociaciones donde esperaba que te apuntaras, aunque solo fuera para disfrutar de nuestra mutua compañía; seguramente, yo estuve apuntado a lo tuyo, o te ofrecí mi ayuda desinteresada.

A veces te leo poner grandes frases en Facebook acerca del auténtico sentido de la amistad, del compañerismo o de la familia, y me entra la risa tonta al comprobar que, al menos conmigo, no has predicado con el ejemplo.

Quizá agoté mis energías contigo hace mucho tiempo y te dejé por imposible, o quizá lo he hecho recientemente. Quizá, sólo quizá, seas alguno a los que todavía considero amigo, compañero, conocido o primo lejano, y aún invierta algún minuto (o muchos, quién sabe), en dedicarte unas palabras de ánimo, enviarte un correo electrónico, un mensaje, una llamada de teléfono. Ya sabes que soy como ese cachorrillo asustado, después de haber recibido tantos palos, que con muy poco se conforma; pero mi paciencia no es eterna, y si ni siquiera piensas darme "ese poco", llegará un momento en que salga de tu vida... o te saque de la mía.

Después, la excusa será sencilla: Podrás convencerte de que mi agrio carácter, mis cambios de humor y mis exigencias hacían imposible la convivencia amistosa conmigo. Seguro que encuentras mucha gente que te apoya y asegura que soy el mal encarnado. Pero recuerda que, cuando me contabas tus penas, te bebías mi vino y me pedías favores, yo no te parecía tan malo. Que quizá, solo quizá, yo sea una persona terrible... pero no soy hipócrita, pusilánime, falso ni aprovechado. No soy una rémora, no soy una garrapata, ni me arrimo al sol que más calienta. Todas estas virtudes están disponibles, elige la que más te guste.

Para todos los demás, y para lo que me necesiten, aquí está su amigo, compañero, conocido y hermano de leche, José Vilaseca.