lunes, 24 de marzo de 2014

Traca final

Las Fallas han acabado y, como suele ser tradición, las Fallas comienzan de nuevo, sin solución de continuidad.

Presupuestos más austeros y un repunte en la llegada de turistas y visitantes, dando a entender que no por más barato tiene que dejar de ser llamativo. Quizá, la única diferencia palpable respecto a otros años, ha sido un aumento de artículos de opinión ciscándose en los muertos de los Falleros, echando por tierra los monumentos e incluso afeando a aquellos personajes públicos que, como ocasión especial, han vestido el traje de labradora o el de torrentí.

He descubierto estas “perlas de sabiduría” a través de la indignación de amigos falleros que comparto en Facebook. Se han convertido en virales con rapidez, sobre todo porque en este mundo de información, es más peligroso un tonto con un lápiz que un niño con dos pistolas, y de la boca (o la pluma), de supuestos juntaletras hemos tenido que leer las mayores salvajadas al respecto de nuestra fiesta fallera.

Quisiera apuntar, a estas alturas, que no soy fallero. Diría incluso que “no me gustan las Fallas” aunque, en realidad, soy un tipo bastante aburrido que suele espantarse de grandes grupos de gente celebrando algo, lo que incluye las festividades josefinas, la Semana Santa Marinera, San Vicente, los Moros y Cristianos, los encierros de San Fermín o la Feria de Abril.

Sin embargo, sí me gusta la historia y la cultura de mi pueblo, y como parte de ella creo que toda fiesta debe ser conocida, apreciada e incluso criticada, siempre que esto suponga una mejora en el futuro.

Las Fallas no solo son un símbolo de Valencia, sino un reflejo de nuestra herencia milenaria. Su origen romano, la “quinquatria” en honor a Minerva, diosa de los artesanos, que limpiaban sus talleres y arrojaban los trastos al fuego purificador. Su evolución medieval, con las figuras del maestro carpintero, del aprendiz (muchas veces, huérfano), de la sátira como forma de alivio anímico... Motivo más que suficiente para preguntar si una festividad que se ha transformado a través de dos largos milenios merece el reconocimiento de la UNESCO.

Cierto que algunos aspectos pueden resultar molestos, más por la forma que tienen determinadas personas de vivir las Fallas que por culpa de las Comisiones o de la Junta Central. Esa territorialidad exacerbada de algunos falleros respecto a quien pasa junto a su casal o quién mira su monumento, contrasta con la hospitalidad y la generosidad de otros que desean abrir las puertas de su casa común para atraer a vecinos y amigos. Esa ratonera en la que se convierte Valencia en forma de calles cortadas, que tanto nos cuesta aceptar, debe ser tomada como una invitación a la sana caminata, al uso del transporte público, recorriendo aquellos lugares emblemáticos de nuestra ciudad.

Cuando las personas nos convertimos en gente (o, incluso, en gentuza), no necesitamos de las Fallas para mostrar nuestras miserias: Nos vale el fútbol o la política, las comidas familiares o las discusiones de tráfico. Tendemos a meter en el mismo saco al fallero que conoce y respeta su tradición junto con el tonto del haba que con un fajín y un “tro de bac” se cree capitán general. Y no, lo siento, de que el mundo esté lleno de gilipollas no tienen culpa las Fallas.

Me dolería que, por parte de algún escribiente iluminado, hubiéramos vuelto a esos años setenta donde el intelectual se mostraba naturalmente anti-fallero, hablaba con esa superioridad moral de “coentor” o de “meninfotisme” e invitaba a la gente a huir de Valencia a medida se acercaba marzo. Porque, aunque no sean de nuestro agrado, aunque para nosotros tengan más defectos que virtudes, las Fallas son una parte trascendental de nuestra historia y de nuestra cultura. Así que intentemos no tirar piedras sobre nuestro propio casal…

Nota: Esta entrada fue publicada como artículo en la sección "Perdone que no me levante" de ElPeriodic.com el 24 de marzo de 2014

miércoles, 12 de marzo de 2014

Cajas tontas, libros malos

Hace unos días, viendo un programa de televisión con mi mujer, escuchamos una referencia a Paco Umbral. Como no estaba acostumbrada a tanta "familiaridad" con el gran Francisco Umbral, me preguntó a qué "Paco" se referían, y le expliqué, brevemente, que era aquel escritor conocido por la frase "aquí se habla de mi libro... o yo me voy". Dije esto con naturalidad, como sin pensar, y de inmediato me di cuenta de cuánto daño ha hecho la televisión a la literatura... sobre todo a nuestra literatura.

Francisco Umbral, aparte de discutir con Mercedes Milá acerca de "por qué le había invitado a su programa, si no era para hablar de su libro", escribió más de un centenar de obras, entre novelas, ensayos y colecciones de poemas. Ganó el Premio Nadal el mismo año en que mi madre tuvo a bien traerme a este mundo, así como el González Ruano de periodismo, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de las Letras y el Premio Cervantes. Sin embargo, para una gran mayoría, el recuerdo que mantenemos de aquel hombre de rostro serio y gafas gruesas, es el cabreo televisivo que antes he mencionado.

No hay duda de que la televisión es una gran lanzadera para cualquier actor, presentador, periodista o famoso que quiera una trayectoria fulgurante (aunque no siempre brillante, hay que admitirlo). Sin embargo, para el escritor que se atreve con la pequeña pantalla, suele suponer un veneno amargo y lento, que, o bien emponzoña su carrera, o bien lo convierte en un bufón a ojos del gran público.

El último (y sangrante) caso de "juntaletras damnificado por la caja tonta" ha sido Lucía Extebarría. Entre ustedes y yo, su prosa nunca ha sido de mi agrado, pero he de admitir que tenía público y prestigio. Nadie gana el Nadal, el Primavera y el Planeta por su cara bonita. Sin embargo, a fecha de hoy, a prácticamente cualquiera al que le preguntes quién es Lucía Etxebarría, podrá explicarte con pelos y señales que se trata de aquella 
concursante histriónica de "Campamento de verano", que apenas duró quince días y que se plegó a las condiciones de una gran cadena televisiva porque le debía a Hacienda hasta la camisa. Incluso, si la persona está particularmente bien informada, podrá añadir que toda esta polémica perjudicó su intención de adoptar a un niño o niña junto con su pareja.

Hasta entonces, no sabía que tuviera pareja, ni que desease adoptar. No sabía que debía dinero a Hacienda. Ni siquiera sabía que, meses antes, se había dedicado a subir fotos de sus pechos desnudos a una conocida red social. Para mí, pasó de la fama a la infamia simplemente por ofrecerme toda esa "información innecesaria" de su vida, que tan poco tiene que ver con su habilidad para llenar páginas de ideas y sentimientos.

Fue el último caso... pero no el único. Fernando Arrabal, magnífico escritor y erudito, es conocido como ese señor de chaqueta amarilla que, en bastante mal estado, nos anunciaba que "el mileniarismo va a llegar" durante un debate televisivo. Nadie recuerda que dirigió y protagonizó varias películas, pero sí que la lió parda en un programa que conducía Sánchez - Dragó. Autor éste último que, por cierto, tuvo que aguantar un chaparrón de críticas por airear (a través de entrevistas en prensa... y televisión), que años ha se lió con dos jovencitas en uno de sus viajes a Tokio.

Al final, la visita de la televisión a las vidas de muchos escritores se resume en "pasos atrás" o en "mitos caídos": Juan Manuel de Prada pasó de ganar el Planeta a presentar para Intereconomía (sin demasiada suerte aparente), un espacio de cine. Camilo José Cela, uno de los nombres propios de las letras españolas, ganó una innecesaria popularidad gracias a la confesión (con la Milá de nuevo, qué curioso...), acerca de su asombrosa capacidad de absorción acuática vía rectal.

Dicen que la televisión es, para muchos, un Rey Midas capaz de convertir en otro todo lo que toca. Pero, para la literatura, y con permiso de "El tiempo entre costuras", todo lo que toca acaba por pudrirse... o convertirlo en un bufón.

Nota: Publicado el 12/3/2014 en ElPeriodic.com

viernes, 28 de febrero de 2014

De regreso al hogar

Me prometí a mí mismo que escribiría de forma regular en este blog. Por desgracia, no pude cumplir mi promesa, acabó 2013 y llegó 2014 con un largo silencio.

No me he ido, nunca lo hice. Otros sí lo hicieron. Aquellos que hurgaban en las entrañas de este cuaderno de bitácora allá por 2008, cuando comenzamos nuestra común aventura, hace tiempo que pasaron a mejor vida (no, tampoco murieron... aunque si he de ser sincero, no es que los hubiese llorado demasiado), por lo que la mayoría de los seguidores habituales de mis vivencias son (sois), cómplices y compañeros, más que críticos. Siento, pues, haberos decepcionado.

Si fui infiel a este espacio fue con motivos. Quizá, con la distancia, vea que no fueron motivos de peso, pero en su momento robaron más tiempo del que tenía y, poco a poco, dejé de lado este diario, que no solo se convirtió en mesario sino ya prácticamente en anuario. Y es algo que me gustaría solucionar.

En primer lugar, las explicaciones. Mi prolongada ausencia de nuestro blog se ha debido, en primer lugar, a mi cada vez más activa creación literario: Corrigiendo, primero, mi penúltima novela (que ahora debería estar siendo leída por alguno de los jurados del certamen de novela corta de terror Ciudad de Utrera), finiquitando mi tecno-thriller titulado Blatta (tener a mi pequeño cinco días ingresado durante las Navidades ayudó lo suyo), y comenzando un nuevo proyecto, que de momento anuncio con el título provisional de Share 20 y que, casi sin darme cuenta, supera las treinta páginas. No que no está mal, teniendo en cuenta que la última vez que nos "vimos" fue en septiembre...

También me ha tentado la prensa digital y, desde noviembre, colaboro de forma regular en el diario Elperiodic.com con artículos más o menos semanales. Qué menos que compartirlos con vosotros, si no habéis tenido la oportunidad de descubrirlos por otras vías.

Como esta vida es un no parar, me decidí a realizar un taller de Escritura Creativa en colaboración con la buena gente de la librería Somnis en Paper. En breve, segunda edición

Pero, como no todas las noticias podían ser buenas, la mala es que, después de casi seis años, el proyecto-Asociación-chupipandi de La Alianza del León acabó para mí. No voy a entrar en los por qué (más que nada, el hecho de tener tantos temas entre manos me anima a no encallarme en agua pasada...), pero al menos servirá para airear este blog, ya que buena parte de los contenidos de la web de la Asociación eran cosecha propia Vilaseca y, no sólo no voy a renunciar a ellos, sino que me dedicaré, con tiempo a compartirlos aquí con vosotros.

Lo dicho, he vuelto. Y, esta vez, espero que para quedarme...

jueves, 27 de febrero de 2014

Cuando la realidad supera a la ficción

No me gusta comenzar ninguna reseña con un paréntesis, pero hoy me toca. Qué le vamos a hacer. Tómenlo como una “pausa para la publicidad”, y tengan mi palabra de que no es un ejercicio de autobombo. Al menos, no demasiado.

Al final de cada artículo, al lado de mi firma, aparece la palabra “escritor”. Desde hace muchos años me dedico, como afición, a juntar letras y, con suerte y meses de espera, de ese ayuntamiento aparece un libro que, en dos ocasiones, han visto la luz en forma de edición, con su ISBN y sus (parcos) derechos de autor. Me he aventurado en el género negro, en la intriga psicológica y en el terror, pasando por la novela histórica y con un par de escarceos en géneros tan opuestos como la novela erótica o el cuento infantil. Ahora mismo, tengo entre manos un proyecto que narra las oscuras ambiciones de una cadena televisiva, una ficción extrema crítica con la realidad.

Y, a fecha de hoy, me he dado cuenta de que la termino deprisa, o la realidad me gana la carrera por varios cuerpos de ventaja. Es desalentador ver como, por muy exageradas que sean mis propuestas sobre el papel, las televisiones reales se empeñan en dar “un paso más” hacia el borde de distintos precipicios… arrastrándonos a los espectadores con ellas, como inesperados compañeros de viaje.

Telecinco ha tenido que enfrentarse, recientemente, a sendas llamadas de atención, en forma de avisos (y multas), del comité regulador correspondiente, por los elevados contenidos eróticos de “La que se avecina”, o, directamente, programar una película donde se mostraba con toda claridad un revolcón bien pegado en horario infantil. Así, esa franja en la que algunos crecimos con “La cometa blanca”, “Barrio Sésamo” o similares, se ha convertido en un campo abonado para “piuletes” y “tronaors” sin demasiado control.

Sin ir mucho más lejos, la “cadena amiga” tentó a la fortuna anunciando ominosas entrevistas a los carniceros más sanguinarios de nuestra crónica negra, sobre todo pescando en las aguas revueltas de la recientemente desahuciada “Doctrina Parot”. Hay que admitir que, en cierta forma, consiguieron que algunos de los mayores apandadores del país, sobre todo los folkóricos y “cachulis” salidos del Caso Malaya se sentaran frente a la audiencia previo paso por caja, pero el público sigue ofreciendo ciertos escrúpulos cuando le tratan de vender que violadores, terroristas o asesinos acudan a llorar sus penas frente al “teleprompter”.

Incluso la crisis que sufrimos ha permitido que surjan programas lacrimógenos como “Entre todos”, que deja en paños menores el nivel de miseria humana de cualquier telemaratón anual para recaudar fondos. Parece que pronto incluirán, en cada televisión que se venda, un sobre marrón como los del Domund, para ayudar a las misiones…

La penúltima (porque siempre viene otra peor después), que hemos tenido que sufrir frente a la caja tonta, ha sido la burda recreación del 23-F “Évole version”, al más puro estilo “La Guerra de los Mundos” de Welles, donde no solo nada era lo que parecía, sino que ni siquiera resultaba original. Un producto más de esa factoría que envió a un actor disfrazado a “Eurovisión”, y que nos vendió lo que no era; hecho que hubiera provocado, en un auténtico mercado de consumo, que denunciáramos en masa a la productora por “publicidad engañosa”, pero que en este complejo mundo que es la televisión, donde aquellos que deciden lo que vemos llegan a creer que nos hacen un favor dejándonos ver su caspa enlatada, sólo ha provocado un revuelo en las redes sociales, que al fin y al cabo no es más que un lugar donde se debate sobre a qué huelen las nubes…

Con su permiso, apago. Y, como decía en gran Marx (Groucho, no “el otro”…), cuando alguien vuelva a encender la televisión, leeré un buen libro. O lo escribiré, aunque no sea tan bueno.

Nota: Este artículo se publicó el 27/02/2014 en ElPeriodic.com

viernes, 31 de enero de 2014

El escritor desconocido

Se llama Emilio y está a punto de jubilarse. Vive en Nazaret desde que vino a este mundo. Rostro bondadoso y aspecto jovial, a pesar de que ha sufrido lo peor de la crisis aguardando agónicamente a recibir los derechos que generó durante años de posguerra, de “milagro español”, de transición, de “movida” y un largo etcétera de vivencias que apenas cabrían en este artículo. Y es escritor.

Reside en una casa pequeña, y su aún más diminuto despacho, con las paredes forradas de libros en lugar de papel pintado, recibe luz desde primera hora de la mañana, para que Emilio pueda comenzar a teclear en su ordenador tan pronto como se siente inspirado. No solo es una persona austera por convencimiento, sino también por necesidad, por lo que la luz que gasta su cascada torre informática debe sustraerse de la desnuda bombilla que pende sobre el techo.

No necesita encerrarse en un bunker, como los traductores de Dan Brown con “Inferno”, su última novela superventas, porque su humilde piso, con las estanterías llenas de libros sustituyendo al papel pintado, ofrece el mismo recogimiento. No cae en el histrionismo de Lucía Etxebarría en “Campamento de verano”, porque dudo mucho que se le dé bien dar lástima o sobreactuar. No disfruta de miles de visitas en su blog personal, como Pérez – Reverte, porque su ajustadísimo presupuesto hace tiempo que dejó de permitirle lujos como Internet.

Pero sigue siendo escritor y, en mi caso, habiéndome encadenado voluntariamente a una máquina de escribir a la tierna edad de siete años, y con un par de libros en el mercado, es un valor añadido. Un título que no se cuelga en la pared, una medalla de madera que pesa más que brilla. Mañana quizá hablaremos de los finalistas del premio de fantasía “Minotauro” (entre los que bien desearía encontrarme), o del último recuento de ejemplares vendidos por Belén Esteban (sí, otra vez…), o del último poeta o novelista que nos deja (llevamos un enero tétrico en este sentido), pero dudo que nadie hable de Emilio, así que me van a permitir que lo haga yo en su nombre.

Dudo mucho que la SGAE tenga a bien enviarle ningún cheque por esos derechos de autor que nadie controla como debiera, a pesar de que quizá alguno de ustedes ha leído su “Memorias de un Nazaval”. No me ha sorprendido buscar su nombre en Google y no encontrarlo, a pesar de que fue agraciado con certámenes y concursos literarios, tanto por sus poesías como por sus relatos cortos. Disfrutó de su labor de humilde “juntaletras”, como suelo decir, y ahora aguarda una pensión exigua.

En breve, comenzaré mi segundo taller de Escritura Creativa, y es muy posible que, como en la primera edición, acuda algún adolescente, algún joven escritor. Les hablaré de Emilio, por supuesto. De lo que hizo toda su vida, y de lo que sigue haciendo con gran ilusión a pesar de que ha rebasado esa “línea de meta ficticia” que para muchos son los sesenta y cinco años. De cómo sus ojos brillan cuando me muestra alguno de sus manuscritos, o de cómo se queja de que la letra de muchas ediciones de bolsillo apenas es legible para sus ojos, operados recientemente. Cataratas, creo. Cuando me lo dijo, traté de hacer un chiste, diciéndole que esperaba que nadie le empujara corriente abajo por ellas; rió, por compromiso. No era un buen chiste, lo sé.

A finales de febrero, comenzará a instalarse en la Gran Vía la, para mí, entrañable Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Volveré a acudir, buscando alguno de mis “nole”, como los cromos, esos cómics que faltan en mi colección de Conan, el rarísimo ejemplar de los chicos del castillo de Roca Negra o algún libro interactivo de la época de Altea Junior. Y, por supuesto, buscaré a Emilio; en realidad, buscaré a todos los “Emilios” que vivieron un sueño y que, en algún momento, lo compartieron con nosotros sin más esperanza que alguien los leyera.

Nota: Publicado en ElPeriodic.com el 31/01/2014

lunes, 13 de enero de 2014

Que tengamos salud

Estas Navidades, en mi familia se ha dado un fenómeno curioso que desmonta la teoría de que, a quien no le toca la Lotería, al menos la Divina Providencia, el karma o aquello en lo que ustedes crean, y que equilibra el Universo, proporciona una cantidad razonable de salud que va menguando a medida avanza el nuevo año. En resumen, que desde el día veintiséis, mi hijo pequeño se convirtió en paciente del Hospital Clínico, en un indeseado “paquete vacacional” que duró cuatro días y cinco noches con pensión completa.

Y así, del mismo modo que cuando llegan estas señaladas fechas, se suele quemar el televisor, embozar la lavadora o se empeña en morir cualquier electrodoméstico, en nuestro caso el “estropeado” fue el benjamín de la casa. Supondrán que, dado el tono jocoso hasta el momento, no fue más que un susto del que ya nos hemos recuperado, por fortuna, y mi “pequeño cachorro” está mejor que bien. Pero ese periodo de convalecencia me ha sido muy útil para reflexionar sobre algunos temas hospitalarios que quería compartir con ustedes.

Como ya les digo, fuimos residentes del Clínico que, por suerte o por desgracia, se ha convertido en “mi segunda casa” desde hace casi una década, por motivos muy distintos, y que no vienen al caso. Nunca he tenido queja alguna de este Centro, y eso que han sido testigos de dos nacimientos, un legrado y un fallecimiento entre los de mi sangre. Sus profesionales me han demostrado que, ni siquiera con recortes presupuestarios, dejan de ofrecer un trato humano y una atención de primera calidad. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

En realidad, no quería que mi pequeña aportación de hoy tuviera demasiado que ver con quejas políticas con tijeras de fondo, sino precisamente por cómo tratamos los usuarios ese servicio de calidad que se nos ofrece desde Sanidad. En mi caso, y haciendo guardia nocturna junto a los pies de la cama de mi pequeño, procuré molestar lo mínimo imprescindible, con un buen libro entre las manos... y una novela por terminar en el ordenador portátil. Leí y entendí las normas de comportamiento que nos entregaron tan pronto entramos en la habitación, y me parecieron de sentido común, por lo que desde el principio “di poca faena”, como se suele decir por estas latitudes.

Sin embargo, eso no evitó que viera toda clase de escenas incívicas, protagonizadas por esa misma gente que compara, disgustados, nuestros servicios con los países nórdicos, con Inglaterra, Francia o Estados Unidos... pero que luego no es capaz de comportarse como noruegos, ingleses, franceses o norteamericanos. Familias que se pasan por el Arco del Triunfo la recomendación de “dos personas por paciente” y sólo les falta traerse consigo la tienda de campaña; amorosos padres que no son capaces de dejar a hermanos y primos pequeños en casa, esperando el regreso del “enfermito”, y los llevan para que corran y molesten en los pasillos de Pediatría, como si fuera una guardería pagada por todos. O, lo que me produce una gran tristeza, personas que aprovechan el alta para llevarse consigo toallas o sábanas, con la excusa de “esto también lo pago yo”.

Es gracioso que, al volver a casa, lo primero que viera en la tele fuese el anuncio de Campofrío, donde se nos recordaba que la esencia del español es, entre otras, invitar sin dinero, y cocinar para tres y que coman quince... Supongo que no hubiera estado de más añadir “y robar papel higiénico del hospital público donde te ha tocado pasar las Navidades, y luego quejarte de los recortes”. Bueno, es muy largo y queda poco elegante. Mejor dejamos a Verónica Forqué asegurando que quiere hacerse franco-rusa y, sin ver una mísera devolución de la Lotería, esperar que el 2014 nos dé un huevo de salud... y la yema del otro.

Nota: Publicado el 13 de enero de 2014 en ElPeriodic.com



lunes, 16 de diciembre de 2013

Déjenme que les cuente un chiste

Esta vez no sé si reírme. Sinceramente. Ya vemos que nuestros distintos gobiernos (municipal, autonómico, nacional… mundial, si me apuran), han demostrado sobradamente su capacidad para hacer que nos mondemos, nos partamos el pecho o, hablando en plata, nos descojonemos a gusto: Desde el legendario “la tierra no es de nadie, es del viento” de nuestro más reciente ex presidente, pasando por la impagable imitación de Cantinflas con ese “estamos trabajando en ello” de Aznar, por no hablar de esos “brotes verdes” que tanto jolgorio produjeron en la platea, precisamente en el momento más duro de la crisis, las cabezas privilegiadas que conducen nuestros destinos nos han dejado perlas de sabiduría humorística de todos los calibres.

Pero, ahora, nos quieren robar los chistes. Con premeditación y alevosía, o “al merme” como diría José Mota, jaleados por esa “minoría poco silenciosa” que aboga por el lenguaje políticamente correcto (o, en castellano sencillo, por esa puñetera manía que tenemos de agarrárnosla con papel de fumar), muchos de nuestros líderes quieren censurar los chistes.

La última invención de esa gente que, a ojos de cualquiera, parece tener un huevo de tiempo libre, ha sido señalar como culpable de todos los males del mundo a un libro de chistes titulado “Pequechistes: Un libro de chistes de chicas para chicos”; en esencia, un pequeño compendio de los llamados chistes machistas, donde parece ser que se hace mofa y escarnio de las muchas virtudes femeninas. Los argumentos que se esgrimen para, ojo, prohibir la reedición del ejemplar, son los habituales en este tipo de cruzadas absurdas: Maltrato a la imagen de la mujer, perpetuación de estereotipos machistas y el llamado “heteropatriarcado”, que es un neologismo que me suena igual que cuatro cuchillas arañando una pizarra.

Antes de entrar a valorar nada, me parece cuanto menos curioso que exista un volumen de los “Pequechistes” donde se haga coñas marineras a costa de los hombres, que quedan retratados más o menos con los mismos defectos que el ejemplar “femenino”… y que ningún Instituto, Organización No Gubernamental o Ministerio haya puesto el grito en el cielo en este caso. No sé si porque los chistes sobre hombres son más graciosos que los protagonizados por mujeres, o porque, definitivamente, se nos está “yendo la pinza” y ya no hay suficientes varas de medir para todos los gustos posibles.

Nunca he sido un gran cuentachistes, pero recuerdo muchos. Admito públicamente que me he partido la caja escuchando a Don Pío, en paz descanse, contando en valenciano aquel del borracho que se despierta en mitad de una misa y pide que esa ronda se la apunten a su cuenta, o a Arévalo imitando al gangoso de la serrería o al mariquita universal. Imborrables en la retina quedan las actuaciones de “Martes y Trece” con las empanadillas de Móstoles con Encarna (de noche), o la actuación de ese falso “Cantares” de Lauren Postigo, con el cantaor que aseguraba, con perdón, que era “maricón de España”. O, llegando a épocas más actuales, el ya citado José Mota, con enormes gafas y aspecto apocado, confesando que era Bartolo, el violador de camioneros de la M-30. No digan que ustedes no se rieron con ninguno, pillines.

Porque ahí está el sentido del chiste que, de por sí, suele ser una broma sin sentido: Convertir algo que no tiene por qué ser gracioso (un abusador sexual, un alcohólico, un sacerdote, alguien que sufre un defecto físico, un homosexual…), en algo cómico. Sin maldad ni malicia. Incluso los chistes más extremos de humor negrísimo (y aquí somos particularmente hábiles en esa disciplina), tiene muy dentro la virtud de arrancar una sonrisa (torcida y dolida, no les digo que no), de los momentos y situaciones más crueles. El chiste termina y la vida sigue, y creo no somos peores personas por reírnos de la desgracia inventada.

Personalmente, dudo mucho que por hacer chistes raciales sobre afroamericanos de color oscuro tirando a café con leche, nos convirtamos en racistas. Que por bromear acerca de plumas y pérdidas naturales de aceite, nos transformemos en unos sucios homófobos. O que por intercambiar, hombres y mujeres, coñas acerca de nuestra mutua (falta de) inteligencia, nos ganemos el cartel de machista o de “feminazi”.

Porque, cuando las risas terminan, son las actitudes las que nos definen. Y algunas no tienen nada de gracioso.

Nota: Esta entrada se publicó como artículo en ElPeriodic.com el 16 de diciembre de 2013