viernes, 11 de julio de 2014

De "machirulos" heteropatriarcales y "feminazis" opresoras

Pueden creerlo, tan pronto he redactado el título del artículo de hoy, ha saltado el corrector de idioma. Dice que no entiende lo que significa “machirulo” ni “heteropatriarcal” ni “feminazi”. Yo tampoco, “oigausté”, pero son términos modernos y, de vez en cuando, me apetece ser más “snob“ que nadie y copio como simple reivindicación.

Tiempos extraños los que nos ha tocado vivir. De unos años a esta parte, no solo el más tonto (o tonta) hace relojes, sino que cualquier miembro (o miembra) de organización reputada (o reputado), nos dice cómo tenemos que escribir, cómo tenemos que pensar o qué hábitos debemos cambiar.

Nací en esa época en la que, de vez en cuando, algún guarrete con gabardina se acercaba al parque infantil donde jugabas y, abriéndose la misma, te enseñaba un pene bastante fláccido, blancuzco y risible. Tu madre, o tu abuela, le reprendía airadamente, se llamaba al señor guardia y todo el mundo quedaba conforme en que aquel tipo era un pervertido, un exhibicionista, un viejo verde.

Como la vida cambia sin que te des cuenta, resulta que en lugar de ancianos babosos mostrando la colita ahora tenemos muchachuelas jacarandosas y habitualmente borrachas hasta las trancas que, aprovechando que es (por ejemplo), San Fermín, enseñan sus ubres entre un montón de machos alfa tan borrachos como ellas, o más. Pero no lo hacen por perversión y exhibicionismo, sino por una respetable reivindicación de género (o génera), que supongo que es lo que pasa cuando vas mamado de garrafón: Te da por acordarte de que eres mujer y que tienes tetas y, como el padre que enseña orgulloso las fotos de sus hijos, a ti te apetece airear tus lolas. Y que a nadie se le ocurra mirarlas, gritarte “tía buena” o, Dios no lo quiera, alargar la mano, porque eso no es soez ni provocativo, dónde vamos a parar.

A partir de ahí, ha surgido todo un movimiento (natural y espontáneo al máximo, supongo), donde seres de género, sexo y condición presuntamente femenina, aparecen con carteles exigiendo cosas. Algunas de ellas, respetables. Muchas de ellas, absurdas. Y algunas, decididamente criminales. Personalmente, fotografiarse con un cartelón que reza “si me miras, te mato” es una amenaza lo suficientemente seria como para dejarlo pasar. Pero, como quiso decir torpemente Arias – Cañete, algunos argumentos dirigidos hacia determinadas mujeres acaban considerándose acto de guerra.

Esto no es una cuestión de superioridad intelectual, ni de opresión histórica: La única diferencia entre un varón acusado de homosexual en muchos países integristas y un varón acusado de maltratar a su pareja en España, es que, supuestamente, España no es un país integrista y tiene una Constitución que reza en su artículo 10ª que “todos los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda existir ninguna discriminación”. El problema es que sí existe discriminación, tan triste y evidente que nos coloca a la misma altura que esos califatos donde alguien puede ser ajusticiado por amar a alguien de su mismo sexo.

No me pregunten por qué, nuestra sociedad ha pasado de arrinconar a la mujer a ver en el hombre el enemigo irreconciliable y al que se debe perseguir. Y ya saben lo que pasa con los extremos. Hace muchos años, la actriz y director Ana Mariscal sufrió las iras de la censura, debiendo cortar un primer plano de su rostro por que tenía un “no se qué” en la mirada. Seguramente, ese “no se qué” sólo se encontraba en la cabeza del censor.

Hoy en día, muchas mujeres también quieran usar las castrantes tijeras para censurar nuestra mirada de machos malvados y opresores. Quizá solo sentimos curiosidad ante el vestido que llevan, su corte de pelo, o porque no nos apetece mirar a la farola o al semáforo. Quizá tengamos que dedicarnos a mirar solo a las farolas y los semáforos a partir de ahora (hasta que estas y estos, hartas y hartos, nos demanden por acoso). O quizá el “no se qué” lo tengan algunas (sólo algunas) miembras de la especie tradicionalmente calificada como femenina bien dentro de sus cerebros (o cerebras).

Nota: Este artículo fue publicado en el diario ElPeriodic.com el 11 de julio de 2014

lunes, 16 de junio de 2014

Noventa años no son nada

Llevaba intentado escribir un artículo "muy político" desde la víspera de las elecciones europeas del pasado veinticinco de mayo. Al fin y al cabo, nuestra querida vecina Carmen Vila escribe artículos muy políticos, mi buen amigo Toni Giner escribe artículos muy políticos para "la competencia" y todo el que tiene balcón por el cual vocear le ha dedicado siquiera cinco minutillos al arte de hablar, desde el cerebro, el corazón o la vesícula, de política.

He llegado tarde, lo admito. Dicen que un gran artista no puedo ser perezoso, pero como servidor de ustedes no es grande (sólo gordo), ni se considera artista (conseguí el título de juntaletras en la quinta reválida), supongo que me puedo permitir el lujo de pecar de pereza. así que, cuando me he querido poner delante del teclado un nueve de junio para hablar de cosas que pensé un veintipocos de mayo, ya tengo las ideas caducadas, y me han adelantado por la izquierda y a toda velocidad, los bólidos de Pablo Iglesias, de Peter Lim o de Su Ex-Majestad Juan Carlos I, por poner solo tres ejemplos de lo rápido que cambia nuestro mundo.

Sin embargo, creo que la persona de la que pensaba hablarles entonces (y ahora), es tan importante como el líder de "Podemos", el nuevo dueño del Valencia o el padre del futuro monarca Felipe Sexto (que suena a cantante de los setenta, mal que nos pese). Se trata de una mujer de apenas noventa y tres años, con la cabeza lúcida como para recordar los tiempos de la II República, los bombardeos de la Guerra Civil, las milicias forzosas, el hambre y todas esas cosas de las que, hoy, hablamos con ligereza a base de estados de Facebook y mensajes de Whatsapp.

Esa mujer es mi abuela Bernardina. Y, como cada nueva llamada a las urnas, a pesar de que, debido a su delicada salud, esta vez tuvimos que llevarla en coche a las puertas del colegio electoral, insistió en ejercer su derecho a votar. A decir con voz bien alta que a ella no se la contenta con una ajustadísima paga de viudedad, y que quiere decidir. Quizá premió los aciertos de quienes nos gobiernas, o puede que castigara sus errores. Quien sabe si dio la oportunidad a un partido minoritario o entregó un sobre vacío, en una silenciosa queja hacia todo el aparataje político. No lo sé y, si lo supera, no lo diría. Porque ese es otro de sus derechos.

En sus noventa y tres años, ha visto ganar y perder muchos derechos: Vivió la época en la que el padre de familia era el único que tenía potestad para el sufragio, o cuando debía pedir permiso a su padre o su esposo para tener una libreta bancaria a su nombre. Trabajó sin descanso junto a sus padres, ignorando el derecho a un día libre a la semana o unas vacaciones pagadas, y contempló el nacimiento de esa Seguridad Social que la ayuda a tener un buen pasar.

Personalmente, sólo conozco el cómo y el por qué de estos derechos a través de los libros de historia. Ni siquiera ahora, cuando se discute ardientemente si Felipe de Borbón tiene potestad o no para ser el líder de nuestra monarquía constitucional, puedo afirmar que tuve nada que ver con ese maltratado libro, elevado a ley suprema cuando el abajo firmante apenas cumplía tres años.

Sin embargo, me apena que muchas veces, jóvenes y mayores sólo nos acordemos de un derecho: El del pataleo. La queja insurrecta frente al poder de las urnas. Y nos encontramos con una mujer que camina lentamente hacia el siglo de vida, y que vio matar hermano por hermano para que tuviéramos el derecho de elegir, frente a aquellos que prefieren ignorar su voto, soñando con que al final todo se arregle a base de balas perdidas, guillotinas en plaza pública y contenedor quemado.
Da mucho que pensar, sinceramente
Nota: Este artículo fue publicado en el diario ElPeriodic.com el 16 de junio de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Políticos en el punto de mira

Las reacciones a la muerte de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León me dan mucho que pensar. Leo, completamente acojonado, que hay gente que se alegra del hecho "porque era política" o "porque era del PP" y se quedan tan anchos.
Algo de rumor de sables escuché en fechas recientes, cuando falleció Adolfo Suárez, pues muchos no quisieron reconocer su labor durante la Transición (es curioso que no viese la misma reacción cuando murió el Carnicero de Paracuellos, ahora que tan de moda está la memoria histórica), y todo parecía indicar que estos iban a ser tiempos duros para la clase política.

Siempre he dicho que tenemos los políticos que nos merecemos: Castas familiares que han cambiado de camisa cuando les ha convenido, advenedizos falleros o semanasanteros que acaban "colocados" a dedo por el amigo de turno después de pasar varios ejercicios posando para la foto, o “trepas” profesionales a los que no les importa un huevo ni los desahuciados ni si "podemos" o no "podemos". Nadie tiene fórmulas mágicas para resolver el follón que tenemos montado y esos arrebatos de popularidad de los encantadores de serpiente tienen consecuencias aún más nefastas (pregúntenle a los marbellíes por la familia Gil, a los inversores en Rumasa por el señor que fue eurodiputado, o las temibles encuestas que anuncian cinco escaños para la Esteban si se presentara).

No seamos ingenuos. No existe el político perfecto, ni siquiera el sistema social perfecto, salvo en el papel. Aquí, no roba ni defrauda el que quiere, sino el que puede, pero dudo mucho que seamos capaces de exigirnos a nosotros mismos la honradez que esperamos de una gente que, no nos engañemos, son y serán como nosotros mismos: Mientras nosotros trabajamos en negro, ellos se lo llevan calentito a Suiza. Mientras nosotros metemos gastos particulares como de empresa, ellos cobran dietas y sueldos múltiples. Mientras nosotros pedimos que no nos cobren el IVA, ellos adjudican obras a su amigo. Y quien diga que, en su situación, haría lo contrario, miente.

Durante años, todos nos cambiábamos a ojos ciegos por nuestros vecinos: Por el taxista que engaña al turista, por el albañil que cobra ochocientos en limpio y mil quinientos en negro, por el funcionario que sestea en su puesto mientras aguarda disfrutar de sus moscosos o de sus dobles pagas... Hasta hace poco, nos cambiábamos por el banquero sinvergüenza (ese Mario Conde, yerno perfecto para media España en su día), o por el político que pone la mano... salvo que, en el proceso, nos peguen un tiro. Entonces, nos apartamos discretamente, lo señalamos y nos reímos de su desgracia, como ha ocurrido en esta ocasión.

¿Qué queremos? ¿Un sistema político equilibrado donde todos tengan trabajo, aunque sea mísero... y un “polit Bureau” engordado y acomodado, como la antigua Unión Soviética? ¿Una casta militar o religiosa que controle el tinglado, como en la época de Franco? ¿El sistema educativo de Finlandia... pero pagando los impuestos que pagan en los países nórdicos? ¿El paro de Alemania, pero sin microcréditos, el poder adquisitivo de Inglaterra, pero sin tener que pagarnos la sanidad privada? Queremos la Ley el Embudo, no nos engañemos. Queremos que todos pierdan... menos nosotros, que somos limpios, que somos honrados, que no tenemos mácula ni falta alguna.

Yo no quiero se político, así que me la sopla decir todo lo que he dicho. No voy a ganar votos quedando bien con nadie y la única esperanza que tengo de ser "persona pública" algún día es seguir escribiendo libros y conseguir que cada vez más lectores se fijen en mí. Así que no me quita el sueño decir que, en días como hoy, con declaraciones como las que estoy leyendo, me da bastante asco vivir en España, en Europa y, si me apuran, pertenecer a esta especie maldita desde Caín, capaz de matar a su hermano porque lo que éste le ofrecía a Dios le daba arcadas de envidia.

¿Y aún nos preguntamos si hay vida inteligente en el Universo? Si así fuera, deben estar acojonados cada vez que se asoman a su ojo de buey estelar y nos contemplan. Si alguna vez vemos, de verdad, platillos volantes en el Cielo acercándose a donde estemos, mejor será esconderse... porque damos motivos más que suficientes para que nos exterminen, definitivamente, de este plano de la existencia.

Nota: Este artículo fue publicado el 14 de mayo de 2014 en ElPeriodic.com

domingo, 27 de abril de 2014

Porque la vida son libros

El pasado miércoles fue el Día del Libro. O quizá anteayer, o la semana pasada, o cuando tengan a bien leer este artículo. Una festividad que sirve como pistoletazo de salida a buena parte de las ferias literarias en media España, y que es buena excusa para recordar que no somos demasiado dados a la letra impresa (ni a la letra “virtual”, por mucho que ahora esté de moda ir en el metro con un libro electrónico entre las manos).
Como reza en la firma, soy escritor. Por ello, para mí, sería muy sencillo recomendarles alguna de mis novelas: Como mis propios hijos, no puedo más que alabarlas. “Padre Muerte” y “Sidi: Mi señor”, son mi José y mi Miguel Ángel de tinta y papel, así que igual que me gusta recordar las virtudes de los segundos, no pierdo oportunidad para invitarles a leer los primeros. Si no, qué clase de padre sería yo si no fuese capaz de hablar bien de mis hijos y de mis “hijos”.

Pero en el mercado hay mucho, mucho y bueno, donde escoger, y por una vez, no quiero pecar de “divo” y centrar la atención sobre mí: Entre mis amigos, pueden encontrar obras como "La Herencia Perdida" de Carlos Reyes, una gran intriga histórica, o la colección de cuentos eróticos de Sicilia Nuño, “Exploradores del placer”. Tienen a la última ganadora en Valeria, "El aroma de Bitinia", de Jaime García-Torres, o "Mío Sidi", una curiosa ficción acerca de la figura del Cid, del que fuera diseñador de exitosos juegos de rol, Ricard Ibáñez, así como las numerosas ediciones físicas y virtuales de otros dos autores valencianos, como Javier Haro Herráiz o Javier Almenar. Y sé que me olvido de alguno más cercano a mí, así que mis más sinceras disculpas.

Pueden visitar vuestra librería más querida, doy fe de que los libreros y tenderos no muerden si no se les provoca, permítanme el sarcasmo. Pueden sumergirse en las aventuras de Verne o de Salgari, en el terror de King o de Koontz, en los clásicos que nos dejaron (Cela, García Márquez, Umbral...), o en los contemporáneos (Millás, Marías, Pérez- Reverte). Pueden optar por los best-sellers (en días como estos doy por buenas hasta las "Cincuenta sombras de Grey"), y ni siquiera me parece pecado que le den una oportunidad a las memorias de la Esteban, de Sergio Ramos o de Cristiano Ronaldo.

Enamórense de un libro, dejen que les acompañe. La rosa se marchitará, pero el libro permanecerá inalterable durante años. Sobre la mesilla de noche, junto al sofá de casa, o en el sagrado trono del descomer, porque hasta los reyes y los poderosos tienen que sentarse para hacer fuerza e hincharse como sapos en una postura tan poco regia, así que nada mejor que hacerlo con un libro entre las manos. No valen excusas, ni tiempo, ni ánimo, ni cansancio.

Gracias por leer. Gracias por leerme.

Nota: Este artículo fue publicado el 27 de abril de 2014 en ElPeriodic.com

miércoles, 16 de abril de 2014

Crisis vecinal

Regreso a esta columna como el hebreo creyente se dirige al Muro de las Lamentaciones, compungido y crispado a partes iguales. En esta ocasión, empujado por las encendidas palabras de ese vecino “modelo mosca cojonera”, del cual todos tenemos al menos uno en nuestra vida, y que se ha dedicado a hacerme la vida imposible desde que me trasladé de vivienda. Después de obligarme a insonorizar una habitación, molestarme a deshoras e intentar provocar accidentes menores a base de choques y portazos, ahora ya se ha dedicado a mentar a mi madre y rescatar insultos que no había escuchado en mi puñetera vida, obligándome a echar mano del diccionario.

Supongo que muchos de los que tienen a bien leerme, habrán encontrado energúmenos así en su convivencia comunitaria: Jubilados con demasiado tiempo libre, jovenzuelos escandalosos que convierten el zaguán en fumadero, nativos prepotentes o emigrantes que pretenden “multiculturalizarles” a base de música étnica a altas horas de la madrugada. Poco importa el perfil del vecino molesto porque, al final, las ganas de picar espuelas y alojarse en un sitio aislado, lejos de tanta hijoputez, se convierten en soñada solución común.

Suele ocurrir que esa “pieza que chirría” del gran puzzle social que es una comunidad de vecinos, no solo chirría para uno, sino que son varias las familias que lo sufren; es más, muchas de esas comunidades se comportan de forma amable entre sus miembros… hasta que el engranaje roto, la pieza que no encaja, la “mosca cojonera”, como decía, vuelve a la acción y te obliga a encerrarte en casa para que no se te lleven los diablos.

Tengo edad suficiente para recordar que este no siempre ha sido así. Cierto que no he llegado a ver, como nuestros mayores recuerdan con añoranza, esa época en la que las puertas de las casas no se cerraban con llave salvo de noche (y, a veces, ni siquiera eso), y cualquier vecino podía entrar en tu hogar, dando una simple voz desde el umbral, sin llamar siquiera al timbre. Pero no menos cierto es que, de chiquillo, he merendado en al menos media docena de cocinas de vecinos, que me han tratado como uno más de la familia, o que en ausencia de padre o madre, jugando en la calle, una llamada de atención de uno de tus vecinos tenía valor de ley, como la película.

No es de extrañar que el cine y la televisión hayan pescado en río revuelto, y convertido esas comunidades aparentemente pacíficas en carne de audiencia, sacando a la luz los trapos sucios de cada casa: Viejas pegadas al visillo, rancios obsesionados con las aventuras sexuales de sus convecinas, presidentes eternos aferrados a la derrama… Caricaturas, al fin y al cabo, pero que a veces encajan de forma sospechosamente efectiva entre las personas junto a las que vivimos.

Espero, de corazón, que no tengan que sufrir a pijas faltas de “pinchitos”, a líderes de descansillo exigiéndoles no sé qué chorradas respecto de las zonas comunes, profesionales del morbo aferrados a la mirilla ni ninguna otra clase de subespecie vecinal. Ojalá todavía puedan pedirle un poco de café o sal a la puerta de enfrente, y todos sean capaces de entender a qué horas se vive y a qué horas se duerme.
Yo, por mi parte, trataré de soportar al triste que me ha tocado pared con pared. 

Porque, al fin y al cabo, con las otras dieciocho familias no he tenido ningún problema, y nos seguimos saludando educadamente cada vez que nos cruzamos en el rellano o la escalera. Como tiene que ser, ¿no?

Nota: Esta entrada fue publicada como artículo en ElPeriodic.com el 16 de abril de 2014

lunes, 24 de marzo de 2014

Traca final

Las Fallas han acabado y, como suele ser tradición, las Fallas comienzan de nuevo, sin solución de continuidad.

Presupuestos más austeros y un repunte en la llegada de turistas y visitantes, dando a entender que no por más barato tiene que dejar de ser llamativo. Quizá, la única diferencia palpable respecto a otros años, ha sido un aumento de artículos de opinión ciscándose en los muertos de los Falleros, echando por tierra los monumentos e incluso afeando a aquellos personajes públicos que, como ocasión especial, han vestido el traje de labradora o el de torrentí.

He descubierto estas “perlas de sabiduría” a través de la indignación de amigos falleros que comparto en Facebook. Se han convertido en virales con rapidez, sobre todo porque en este mundo de información, es más peligroso un tonto con un lápiz que un niño con dos pistolas, y de la boca (o la pluma), de supuestos juntaletras hemos tenido que leer las mayores salvajadas al respecto de nuestra fiesta fallera.

Quisiera apuntar, a estas alturas, que no soy fallero. Diría incluso que “no me gustan las Fallas” aunque, en realidad, soy un tipo bastante aburrido que suele espantarse de grandes grupos de gente celebrando algo, lo que incluye las festividades josefinas, la Semana Santa Marinera, San Vicente, los Moros y Cristianos, los encierros de San Fermín o la Feria de Abril.

Sin embargo, sí me gusta la historia y la cultura de mi pueblo, y como parte de ella creo que toda fiesta debe ser conocida, apreciada e incluso criticada, siempre que esto suponga una mejora en el futuro.

Las Fallas no solo son un símbolo de Valencia, sino un reflejo de nuestra herencia milenaria. Su origen romano, la “quinquatria” en honor a Minerva, diosa de los artesanos, que limpiaban sus talleres y arrojaban los trastos al fuego purificador. Su evolución medieval, con las figuras del maestro carpintero, del aprendiz (muchas veces, huérfano), de la sátira como forma de alivio anímico... Motivo más que suficiente para preguntar si una festividad que se ha transformado a través de dos largos milenios merece el reconocimiento de la UNESCO.

Cierto que algunos aspectos pueden resultar molestos, más por la forma que tienen determinadas personas de vivir las Fallas que por culpa de las Comisiones o de la Junta Central. Esa territorialidad exacerbada de algunos falleros respecto a quien pasa junto a su casal o quién mira su monumento, contrasta con la hospitalidad y la generosidad de otros que desean abrir las puertas de su casa común para atraer a vecinos y amigos. Esa ratonera en la que se convierte Valencia en forma de calles cortadas, que tanto nos cuesta aceptar, debe ser tomada como una invitación a la sana caminata, al uso del transporte público, recorriendo aquellos lugares emblemáticos de nuestra ciudad.

Cuando las personas nos convertimos en gente (o, incluso, en gentuza), no necesitamos de las Fallas para mostrar nuestras miserias: Nos vale el fútbol o la política, las comidas familiares o las discusiones de tráfico. Tendemos a meter en el mismo saco al fallero que conoce y respeta su tradición junto con el tonto del haba que con un fajín y un “tro de bac” se cree capitán general. Y no, lo siento, de que el mundo esté lleno de gilipollas no tienen culpa las Fallas.

Me dolería que, por parte de algún escribiente iluminado, hubiéramos vuelto a esos años setenta donde el intelectual se mostraba naturalmente anti-fallero, hablaba con esa superioridad moral de “coentor” o de “meninfotisme” e invitaba a la gente a huir de Valencia a medida se acercaba marzo. Porque, aunque no sean de nuestro agrado, aunque para nosotros tengan más defectos que virtudes, las Fallas son una parte trascendental de nuestra historia y de nuestra cultura. Así que intentemos no tirar piedras sobre nuestro propio casal…

Nota: Esta entrada fue publicada como artículo en la sección "Perdone que no me levante" de ElPeriodic.com el 24 de marzo de 2014

miércoles, 12 de marzo de 2014

Cajas tontas, libros malos

Hace unos días, viendo un programa de televisión con mi mujer, escuchamos una referencia a Paco Umbral. Como no estaba acostumbrada a tanta "familiaridad" con el gran Francisco Umbral, me preguntó a qué "Paco" se referían, y le expliqué, brevemente, que era aquel escritor conocido por la frase "aquí se habla de mi libro... o yo me voy". Dije esto con naturalidad, como sin pensar, y de inmediato me di cuenta de cuánto daño ha hecho la televisión a la literatura... sobre todo a nuestra literatura.

Francisco Umbral, aparte de discutir con Mercedes Milá acerca de "por qué le había invitado a su programa, si no era para hablar de su libro", escribió más de un centenar de obras, entre novelas, ensayos y colecciones de poemas. Ganó el Premio Nadal el mismo año en que mi madre tuvo a bien traerme a este mundo, así como el González Ruano de periodismo, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de las Letras y el Premio Cervantes. Sin embargo, para una gran mayoría, el recuerdo que mantenemos de aquel hombre de rostro serio y gafas gruesas, es el cabreo televisivo que antes he mencionado.

No hay duda de que la televisión es una gran lanzadera para cualquier actor, presentador, periodista o famoso que quiera una trayectoria fulgurante (aunque no siempre brillante, hay que admitirlo). Sin embargo, para el escritor que se atreve con la pequeña pantalla, suele suponer un veneno amargo y lento, que, o bien emponzoña su carrera, o bien lo convierte en un bufón a ojos del gran público.

El último (y sangrante) caso de "juntaletras damnificado por la caja tonta" ha sido Lucía Extebarría. Entre ustedes y yo, su prosa nunca ha sido de mi agrado, pero he de admitir que tenía público y prestigio. Nadie gana el Nadal, el Primavera y el Planeta por su cara bonita. Sin embargo, a fecha de hoy, a prácticamente cualquiera al que le preguntes quién es Lucía Etxebarría, podrá explicarte con pelos y señales que se trata de aquella 
concursante histriónica de "Campamento de verano", que apenas duró quince días y que se plegó a las condiciones de una gran cadena televisiva porque le debía a Hacienda hasta la camisa. Incluso, si la persona está particularmente bien informada, podrá añadir que toda esta polémica perjudicó su intención de adoptar a un niño o niña junto con su pareja.

Hasta entonces, no sabía que tuviera pareja, ni que desease adoptar. No sabía que debía dinero a Hacienda. Ni siquiera sabía que, meses antes, se había dedicado a subir fotos de sus pechos desnudos a una conocida red social. Para mí, pasó de la fama a la infamia simplemente por ofrecerme toda esa "información innecesaria" de su vida, que tan poco tiene que ver con su habilidad para llenar páginas de ideas y sentimientos.

Fue el último caso... pero no el único. Fernando Arrabal, magnífico escritor y erudito, es conocido como ese señor de chaqueta amarilla que, en bastante mal estado, nos anunciaba que "el mileniarismo va a llegar" durante un debate televisivo. Nadie recuerda que dirigió y protagonizó varias películas, pero sí que la lió parda en un programa que conducía Sánchez - Dragó. Autor éste último que, por cierto, tuvo que aguantar un chaparrón de críticas por airear (a través de entrevistas en prensa... y televisión), que años ha se lió con dos jovencitas en uno de sus viajes a Tokio.

Al final, la visita de la televisión a las vidas de muchos escritores se resume en "pasos atrás" o en "mitos caídos": Juan Manuel de Prada pasó de ganar el Planeta a presentar para Intereconomía (sin demasiada suerte aparente), un espacio de cine. Camilo José Cela, uno de los nombres propios de las letras españolas, ganó una innecesaria popularidad gracias a la confesión (con la Milá de nuevo, qué curioso...), acerca de su asombrosa capacidad de absorción acuática vía rectal.

Dicen que la televisión es, para muchos, un Rey Midas capaz de convertir en otro todo lo que toca. Pero, para la literatura, y con permiso de "El tiempo entre costuras", todo lo que toca acaba por pudrirse... o convertirlo en un bufón.

Nota: Publicado el 12/3/2014 en ElPeriodic.com