jueves, 19 de noviembre de 2015

Os vendo otra moto

Nuevo libro. Ale, así, de sopetón, sin vaselina ni nada. Un bombardeo de bondad estilo Vilaseca a través de las redes sociales, para tratar de congregar a amigos y vecinos el próximo 13 de diciembre, domingo, a partir de las 12:00 el Museo de la Semana Santa Marinera Salvador Caurón, echar unas risas, tomarnos un vino y venderos una novela a precio ajustado.

Y ahora, ¿qué? ¿repetimos lo mismo en este blog, que siempre ha sido personal y macarra? ¿o le damos la vuelta a la tortilla y rescatamos ese tono guerrillero con el que empecé a dar caña virtual allá por 2008? Pues, mira, vamos a tratar de jugar con dos barajas, a pelo y a pluma, y dar tanto la de cal como la de arena, a ver cómo sale.

Las flores se resumen sencillas: Tierra muda es mi cuarto hijo literario y, como todos mis hijos (especialmente los dos reales que coronan este humilde blog), son perfectos. Al menos, para mí. No engaño a nadie y trato de ofrecer una buena historia de intriga apocalíptica, sazonada con momentos de terror y pinceladas de crítica social, con letra clara y legible, y cuatrocientas páginas. Si no es de vuestro agrado, lo sentiré mucho; aceptaré cada crítica que reciba, porque de eso también vive el escritor. Pero tened por seguro que si os fuera a vender humo o, peor aún, mierda, me dedicaría a otra cosa.



Dicho lo cual, vamos a por la parte malvada y caótica del artículo, que es la que os mola, adorables cabritos que me soportáis (guiño, guiño). Echando la vista atrás, es el cuarto libro que publico desde 2009 y el segundo sólo este año (sumado al relato que aparece en la antología Sexnamorados); más aún, desde 2006 llevo escritos nueve libros (ocho de ellos, novelas), además de media docena inconclusos... y me da mucho que pensar.

De entonces hasta ahora, he aparcado muchas ocupaciones que me suponían demasiado tiempo y disgustos. Basta con echar un vistazo a las primeras entradas de este mismo blog para saber a qué me refiero. También se han quedado por el camino, personas que antes etiquetaba como amigos y ahora he pasado a definir como dice la canción de Gotye: alguien a quien conocí (las fotos del bautizo de mi hijo mayor o de mi boda son buena muestra de ello); en Facebook podéis encontrar decenas de frases motivadoras respecto a los amigos que dejan de serlo, así que no creo que haya mucho más que añadir.


Portada de Alguien a quien conocí

Cualquiera puede pensar, sumando dos y dos, que he tratado de llenar el hueco dejado por mi tienda cerrada, el Warhammer, los juegos de mesa, los amigos traidores, los arribistas y las locas del coño en general, a base de ecribir libro tras libro... cuando, en realidad, es al revés. Me explico: Como bien apuntó una vez mi buen David Mateo (lo cito mucho últimamente; espero que no penséis que jugaos a los gladiadores cuando nadie nos ve...), todo el tiempo que un escritor no dedica a escribir, es tiempo perdido. Cometí el error de llenar ese tiempo para escribir con aficiones absurdas (gratísimas, sí... pero absurdas), personas infames (yo y mi ojo clínico...) o, aún peor, filosofía barata en forma de blogs, foros, listas de correo, torneos, eventos y chupipandis varias, enfrascado en un esfuerzo ímprobo (y estéril), para separar los buenos de los malos. Razoné, discutí, me engorilé y, al final, comprobé lo que ya sabía: La cantidad de gilipollas integrales que hay en el mundo no descenderá por mucho que me empeñe... y lo peor que puede ocurrir es que yo mismo me convierta en uno de ellos (y, por momentos, así fue).

Cuando escribes, no hay buenos y malos: hay lectores y no lectores. A los lectores debes ofrecerles lo mejor de ti, y a los no lectores darles motivos de peso para que te lean. Punto. Estás por encima del bien y el mal y, os lo aseguro, es una postura comodísima. Puedes ahorrarte juicios de valor, o aprovechar tu ficción para deslizarlos sin que (casi) nadie se ofenda.

Sé que todo esto es mucho más difícil de decir que de hacer; más de una vez y más de dos, suelto alguna perla en las redes sociales, que provoca que algún lector potencial me catalogue de friki, gafapasta, facha, perroflauta, ateo, beato, machista, feminazi, blavero, pancatalanista, bujarrón o pichabrava... y deje de leerme. Pero ya no es como antes, por suerte, cuando cada vez que empezaba un texto con Apreciados amigos... a mi santa madre le acababan pitando los oídos.

¿Es esto una disculpa, una rendición? En realidad, es un reconocimiento: Una demostración de que aquella verdad mía no le interesaba a casi nadie, por mucha razón que tuviera. Porque, desgraciadamente, contar con pruebas sobradas de un hecho no impide que la gente mire hacia otro lado... y pilles un cabreo cojonudo. Y llega un punto en que piensas ¿qué carajo hago aquí, predicando en el desierto, cuando en casa se está de puta madre, con batín y pantuflas, tomando un cafelito y aporreando el Word como si no hubiera un mañana?

Así que, el próximo 13 de diciembre, os espero para venderos mi moto. Da igual que me ames o que me hayas odiado a muerte. Sinceramente, me la solpa. No te miraré con rencor, no te señalaré como el mono malvado de padre de familia ni desentarraré el hacha de guerra. Porque tengo más que claro que, a estas alturas de la película, aquí he venido a hablar de mi libro, como Umbral. Que en paz descanse.

viernes, 6 de noviembre de 2015

"Carne muerta" - Análisis del libro

No suelo publicar, en este blog ni en ninguna otra parte, reseñas sobre libros. Al contrario de lo que pueda parecer, leo con avidez desde mi más tierna infancia y guardo gratos recuerdos de cada una de mis lecturas, incluso aquellas (pocas) que me han dejado un regusto amargo.

Sin embargo, como comentaba con el autor (y amigo), del libro que hoy me atrevo a analizar, criticar una obra ajena es todo un ejercicio de funambulismo; más, si cabe, si su perpetrador es alguien conocido o, peor aún, cercano.

Si me decantase por una oda a la amistad, sin ver ningún defecto en el producto (qué feo suena eso de producto cuando hablamos de un libro), cualquiera pensará que he caído en la tentación del peloteo más injustificado, del socorrido amoroso beso en la boca y el siempre cobarde no vamos a hacernos daño, ¿verdad?, con la esperanza de recibir el mismo jabón cuando al autor al que he cubierto de flores le toque ponerme a mí a parir; si, por el contrario, me venzo hacia el cruel destripamiento, cuchillo entre dientes, se me acusará de envidia malsana, de rencor eterno y volveremos a los viejos (y no tan buenos) tiempos del vil Vilaseca, cuando para medio mundillo lúdico local era culpable de la pertinaz sequía, de la tasa de paro y de haber matado a Manolete. Como poco.

La ventaja de haber abrazado los cuarenta es que todo esto me chupa un pie, y me puedo permitir un lujo de hacer lo que mi conciencia me dicte. Y lo que ahora me dicta, queridos lectores, es hablaros de la novela Carne muerta de mi buen amigo David Mateo.

La versión de Carme muerta que llegó a mis manos es la edición de Dolmen exprés en formato bolsillo, publicado (si no me falla la memoria), en verano de 2015. Un resumen somero de su argumento podría ser que, tras una pandemia mortal provocada por una mano negra desconocida, todos los hombres del planeta palman de forma fulminante y particularmente funesta, dejando tan solo a las mujeres, desconcertadas y fuera de sí, para reconquistar un planeta que se cae a pedazos. Y, por si fuera poco, apenas unos días después, los varones no se conforman con quedarse muerto, y reaparecen convertidos en bestezuelas hambrientas y deseosas de morderle las prietas nalgas a las pobres supervivientes.

Bromas aparte y con toda sinceridad, el género zombi siempre ha sido de mi agrado, especialmente en el cine y en alguno de esos tebeos de los ochenta, tipo SOS o Dossier negro, que me aterrorizaban de crío con la terrible propuesta de que los muertos se alzaran de sus tumban y se jalasen con patatas al prójimo más próximo.

A este gusto, se suma una propuesta curiosa en Carne muerta, adelantada por la serie de cómics Y, el último hombre (y cuya inspiración admite David en los agradecimientos), que la parte superviviente queda en manos de las mujeres y el papel de zombi lo protagoniza el género masculino.


Para un autor varón, descubrir un nuevo amanecer de Eva supone un reto, que David supera con nota. Aunque he leído críticas salvajes, que lo acusan de perfilar a su sección femenina con trazo grueso y regodearse en temas psicológicos o eróticos desde el prisma masculino, creo que esas peleas de gatas que, en algunas escenas, acabamos leyendo, no son sino el reflejo de la competición y el rencor que muchas mujeres demuestras en su trabajo, sus estudios o, incluso, su familia, sin necesidad de caníbales cerca.

En lo que respecta a los muertos revividos, responden a un patrón similar a los infectados de Soy Leyenda (versión cinematrográfica más reciente), o el video juego Dying Light: inactivos y agazapados en su cubil por el día, rápidos cazadores caníbales al caer ,el sol. Se aleja, pues, del arquetipo del zombi lento, pero implacable, que George A. Romero grabó a fuego en el subconsciente colectivo.

¿Qué falta en el guiso? Para mi gusto, y sin ánimo de ser morboso, un matiz fálico en los asaltos (algo ya sugerido en los reavers desatados que aparecen en Serenity) o los cruzados maníacos de Crossed; ese rumor ultrareligioso de algunas de las supervivientes tendría más sentido su los involucionados fueran sátiros homicidas en lugar de máquinas de picar carne. Quizá remarcaría el fin de esa sociedad falocéntrica, que incluso en el postmorten se resistiría a dar sus últimos coletazos (con perdón). ¿Qué sobra? Pues, quizá, las descripciones de determinadas escenas, que alargan la siempre agradecida acción (especialmente en los momentos de mayor introspección).

¿Con qué me quedo? Básicamente, y a diferencia del citado cómic Y, el último hombre, donde el protagonista central y eje argumental era el varón superviviente, aquí son las mujeres quien toman realmente el mando. Una perspectiva fresca y agradecida en un género (el terror zombi), donde las féminas se habían limitado a ser víctima chillona, esposa abnegada, loca suicida o inexplicable marimacho. Así, descubrimos nuevos tipos de perfil que nos descolocan y permiten jugar con una sorpresa que, esperemos, se desvelerá en la segunda parte de este díptico.

José Vilaseca