viernes, 8 de enero de 2010

MENTIRAS Y GORDAS EN EL BARRIO DEL CABANYAL

Nuestro bienamado Gobierno socialista, tan liberal y tan lleno de talante, que vela por el interés de sus camaradas ciudadanos a golpe de decretezo buenista y democrático, personificó en su ministra de InCultura la última demostración de que no tiene puñetera idea del país que le ha tocado gobernar, confirmando que, mientras los miembros y las miembras del Gabinete viven en la calle de la piruleta del país de la gominola, los demás tenemos que seguir batiéndonos el cobre en España. Que viva ella.


Así, González Sinde, la misma que fue capaz de parir el guión de ese dechado de virtudes cinematográficas llamada Mentiras y Gordas y firmó ese acta de censura decididamente estalinista que impidió a todo fan de las películas de terror y casquerío poder ver Saw VI en salas convencionales, resulta que no siente vergüenza ninguna en tratar de paralizar la ampliación de la Avenida Blasco Ibáñez sin haber pisado Valencia más que, supongo, para meterse una paella entre pecho y espalda a costa del erario público.


Supongo que ese arrebato proteccionista de la guionista convertida en ministra socialista (sí, todo rima todo con lista…), se deberá a su superior inteligencia y a su incomparable capacidad empática (nótese la sutil ironía), porque en lo que se refiere a sentido de la realidad, anda bastante perdida.


Entiendo que algunos de los damnificados por la ampliación, sí serán personas honradas sin más deseo que conservar sus casas, y, de corazón, lo siento por ellos. Pero también sé de muchos que llevan pagando míseros alquileres que nunca se han revisado, y que han aprovechado todo resquicio legal para seguir viviendo en su fantasía “años sesenta”, cuando resulta que todo hijo de vecino ha tenido que actualizarse. Conozco de unos cuantos potentados locales, con su casa de lujo en urbanización lejana, que son capaces de pagar religiosamente a los okupas y antisistemas de turno para que hagan ruido, tiren huevos y campen a sus anchas en esas casas heredadas, por las que pensaban sacar un filón y que, ahora, les han expropiado a un precio que no cubre sus faraónicas expectativas. Y, por último, conozco a muchos vagos, maleantes y “respetables miembros de etnias minoritarias”, de esos que queman palés en medio de la calle, se enganchan a la luz y te ofrecen droga a la puerta de sus casas con toda impunidad, cuya presencia no es nada “tradicional” en el barrio marinero y que estarían mucho mejor en una vivienda unifamiliar con barrotes en vez de puerta.


Y todo esto lo sé, no por listo, ni por socialisto, ni por ministro… sino porque vivo en ese barrio, he pisado sus calles, sé qué lugares evitar a determinadas horas del día, y preferiría no tener que hacerlo. Porque, sin ir más lejos, vi, muy jovencito, inaugurar el jardín de la Plaza Lorenzo la Flor y convertirse en un ghetto donde se organizaban peleas de gallos. Y ningún fulano con intereses creados y muchos pájaros en la cabeza me ha tenido que enviar informes sobre una realidad parcial y torticera, porque la Verdad, con mayúsculas, se conoce paseando por las calles del Cabanyal y el Canyamelar, escuchando lo que cada cual de sus habitantes tiene que opinar… y no esperar que una señora puesta a dedo en su cargo, y cuyo único mérito ha sido dar el argumento de una comedia bufa donde los adolescentes toman drogas y enseñan las ubres y el badajo, venga a opinar sobre el suelo que vengo pisando toda mi vida desde hace treinta y cuatro años.

JOSÉ VILASECA