lunes, 23 de noviembre de 2009

"Padre Muerte" llega al final del camino

Pues sí, después de muchos meses de esfuerzo (por no hablar de los años invertidos para "llegar donde estamos"), nuestro querido Padre Muerte ha llegado, finalmente, a las librerías. Lo ha hecho con una venta previa de ejemplares (por correo y en mano), lo suficientemente solvente como para haber pagado completamente la edición y empezar, si no a generar beneficios, sí al menos expectativas.

El hecho de ver tu creación en un escaparate, compartiendo espacio vital con Saramago o subiéndosele a la chepa de Risto Mejide, es un placer difícilmente comparable con nada, y más si uno echa la vista atrás y se plantea cuantas collejas y cuantos escupitajos se ha llevado en el mundillo pre-editorial, cuantas horas de escritura ha perdido por hacer otras cosas que eran más urgentes, pero mucho menos importantes (empezando por unas Tablas de Organización de ejércitos de Warhammer que todo Cristo criticaba, a pesar de que acabaron plagiándolas, tomándolas prestadas o usando fórmulas muchísimo peores... para acabar contrastando que ese puñetero juego solo se organiza dependiendo del dinero que los frikilones somos capaces de gastarnos en una miniatura que es un hamster maniatado con patas de cigala saliendo de su torso...)

Algún buenista pensará que soy un poco idiota al preocuparme de según qué gentuza en lugar de estar disfrutando del éxito alcanzado; lo cierto es que, no padezcan, estoy disfrutando del éxito alcanzado, y detalles como saber que tu obrita está en Soriano o en París Valencia, donde has comprado libros de otros durante décadas, es lo más parecido a un orgasmo artístico a pequeña escala. Pero sería hipócrita si no admitiera que, en ocasiones, piensas en este o en aquel y bien te gustaría echártelo a la cara, cruzarte de brazos, sonreír y preguntar: Bueno, y ahora... ¿qué?

Me podía echar a la cara, por ejemplo, a aquellos entrañables valencianos con los que compartí instituto, que se ponían palotes por escribir en la Urza, la Serra o la Maná (muestra de literatura magiquera bastante cutre, por cierto), donde eran capaces de poner maremeueta en lugar de maredeueta sin caérseles los cataplines redondos al suelo y que, con el tiempo se convirtieron a la doctrina del Blood Bowl, siendo sin duda lo peor de ese gran juego, y confirmando la teoría de que el friki de la tierra de las flores, de la luz y del amor, es aborrecido a lo largo y ancho de la piel de toro. Será por el agua, como decía aquel.

Me podría echar a la cara a esa tradicional tienda de modelismo, maquetismo y frikismo, donde los clientes son tan hijos de puta como suelen demostrar serlo en cualquier tienda, y tan pronto visten camiseta y banderola con unos colores como se venden al vecino más cercano como un Figo cualquiera; podría acordarme de ellos, más que nada, por ser capaces de organizar un concurso literario donde proponían escribir sobre el Warhammer, todo el mundo escribió sobre el Warhammer... y acabaron ganando un par de nenas de la casa, faltaría más... y que resulta que no habían escrito sobre el Warhammer. Un amaño difícilmente catalogable, de la misma gente que se queja que si tal o cual certamen es casero. Válgame el paaaaaapa con los malacatones...

Podría acordarme de ese asociacionista impenetrable, de foro tan vacío como su corte moral, que se plantea reinventar la fantasía épica sin conocimiento, habilidad o ideas. Es de suponer que ese mismo tipo que cobraba un leru por un comic poco menos que calcado de Dragon Fall (que tampoco era la coña en verso en cuanto a originalidad, pero te echabas unas risas...), se habrá dado cuenta que, por mucho que llueva cuando toque, que haga sol cuando debe y que cuides de la puñetera plantita, si la semilla es una castaña pilonga, poco o mal fruto puede dar por mucho que te empeñes, que vendas la cabra o que tengas un hilo forero con veinte páginas y otros tantos cibervoluntarios haciendo cola para sacarte brillo al sable... o a la pluma, que es lo mismo.

Podría recordar la siempre añorada Ephira, sus novios, sus tetes y esa caterva de adolescentes que la rodean como amigos y vecinos, capaces de convertir en moda el suicidio o los vampiros ñoños, onanistas compulsivos y compradores habituales de la Super POP. Podría hablar de sus muchos complejos, de sus pajas mentales y de sus intentos estériles de convertirse en la polla con cebolla con un boli BIC en la mano o un procesador de textos delante, pero me conformaré con recordar que, hasta cierta edad, ciertas niñas tienden a repetir clichés de actuación y escritura y, bien a base de blogs, de emborronar libretas o de abrirse impíos metroflogs, torturan a todo bicho viviente a base de lágrimas negras, cristales en el corazón, niñatas con un oscuro secreto, y toda esa imaginería propia de la cría que se piensa el ombligo del mundo y que considera que sus chuminadas son problemas, y que los problemas son pozos sin fondo...

Incluso podría acordarme de mí mismo, aparcando proyectos de novelas y cuentos en beneficio de aficiones y amistades mucho menos agradecidas que la sencilla hoja en blanco. Me arrepiento todos los días de tanta reunión idiota donde transcurrían horas y votaciones para acabar haciendo lo que diga el gran Kiki ("pobrecito, es que lo expulsamos del Torneo", "no, si es que ya he hablado con el escultor", "no, si es que la delegación de Juventud me dice ahora esto, ahora aquello..."), de tanta noche perdida ajustando líneas en bases y tablas que eran aborrecidas y envididadas por igual (y que siguen usándose en el Torneo de marras, a pesar de que mi nombre ha sido olvidado, mi recuerdo borrado y mis testículos han quedado secos y estériles de tanta tocada de cataplines), y de tanta quedada con malos clientes y peores colegas a los que te tocaba llevar a casa cuando, quizá, lo que querías era quedarte en tu despachito escribiendo del asesino de Padre Muerte, del vampiro taciturno de Llamadme monstruo o del fin del mundo en Ángela.

Así que, ahora, cuando veo esa portada que vale un reino junto con otras mucho más conocidas, a la venta en librerías del Reyno de Valencia, una parte de mí hincha el pecho lleno de orgullo... y otra pequeña parte se deja arrastrar por el caos y el mal, y le sale la mar de natural un corte de mangas al tendido de sombra, donde un buen montón de hijos de perra siguen ladrando como bien les enseñó su madre, o se han callado porque ya no queda un puñetero argumento al cual agarrarse a la hora de criticar un proyecto que fue, ha sido y será.

Mal que les pese

JOSE VILASECA